jueves, 2 de junio de 2016

Cállate

(Participo de un taller de escritura hace varios años. La dinámica del taller consiste en hacer ejercicios con temáticas específicas propuestas por otros compañeros o el director del espacio. En este caso, el ejercicio consistía en hablar sobre el amor y odio, el odio y el amor. Aquí mi texto, en la barrera difusa de lo cierto y lo inventado.)

1-
Es preciosa.  Es preciosa y me detesta. Tiene el pelo largo, ondulado, muy abundante. Lo lleva hacia un lado y cuando se ríe, se le va para el frente. A veces se ríe más fuerte y hace un movimiento con la cabeza que conduce toda su melena al otro lado. Se viste de faldas, se pone anillos, a veces se pone chaqueta de cuero, sandalias, botas, no recuerdo haberla visto nunca de bluejean. Es como una de esas mujeres que tienen un aire a selva, un aire a otro lugar que no se sabe muy bien dónde queda, pero queda lejos. Camina abriéndose paso, incluso cuando los otros le dan paso. Fuma, se ríe con una boca muy grande que ocupa la mitad de su rostro me parece, sobre todo cuando está pintada de rojo porque a veces se pinta la boca de un rojo oscuro que contrasta con sus faldas verde esmeralda o sus camisitas de tela fresca y color mostaza que medio se le bajan en los hombros al moverse.
Hace un tiempo no la veo. Antes, cada que pasaba por la plazoleta y ella me veía, Laura se empezaba a reír. Me digo que seguro fingía que siempre la estaba pasando bien, que exageraba para hacer creer que estaba en el mejor grupito, en el de los mejores chistes, distinto a todos los grupos que había en esa plazoleta por la que yo caminaba, con la cabeza medio agachada, mirándola de reojo.
La voz de Laura es desagradable. Chillona. Como es amiga de mis amigos y estudiábamos en el mismo lugar, la he escuchado hablar muchas veces. Y yo creí durante años que por eso me detestaba tanto, porque yo hablaba mucho también. Laura me miraba con un desprecio que recuerdo haber visto sobre todo en los ojos de otras mujeres. Un desprecio encendido, ácido, violento y medio velado. Yo aparecía, y ella volteaba la cara. Yo empezaba a hablar y ella murmuraba: “Calladita te ves más bonita”. Si alzaba la mano en clase, Laura tosía y me hacía unos ojos brillantes como para que yo entendiera que le resultaba insoportable mi presencia. Y a mi me daba ira y me daban ganas de hacer el mejor comentario, de ser la más astuta para luego ignorarla. Pero el ardor interior no me dejaba, y cuando Laura estaba presente, yo hacía sólo comentarios tontos, como dándole motivos para detestarme más.
2-
Cuando lo conocí, Tomás tenía un caracol colgándole de la punta de una trenza delgada de pelo café. A los días se lo quitó. Y luego empezó a andar con unas gafas redondas, de lentes morados, que me prestaba a ratos junto con unos audífonos que se conectaban a un disck man- creo- de donde salía una música que yo no conocía y me impresionaba.
No sé si Laura lo detestaba a él también. De pronto sí, porque Tomás se mantenía conmigo. Caminábamos la plazoleta de un lado al otro varias veces al día, yendo a una clase, a tomar tinto, a sacar fotocopias y Laura nos miraba con sus ojos fieros, seguro celosa porque Tomás me hacía reír de verdad y yo caminaba riéndome con él, pero sin fingir, como ella con su boca grande.
Tomás hace reír a la gente. A mis amigas al principio sólo les caía bien porque las hacía reír, sin eso lo habrían espantado porque mis amigas son muy celosas. Y le cae bien a mis papás y a mis tías, porque inventa cosas. Tiene como una curiosidad en las manos. Las manos más bonitas que yo haya visto son las de Tomás. Esas manos que hacen pan, que tocan las hojas de las matas como acariciándolas duro pero con cariño, que forran con papel periódico los libros para que no se dañen, que van tocando las cosas como entendiendo su valor. Los ojos también son muy bonitos, color miel, medio verdosos. Unos ojos nobles, serenos y agudos que miran queriendo comprender. Tomás es sobre todo, sus ojos y sus manos. La manera como mira y la manera como toca.
A él, al contrario de Laura, le gusta cuando hablo, hasta me pide que le cuente las historias que me invento. Si no fuera por Tomás, me parece que me habría callado hace tiempo, y me habría convencido de que mejor hacía silencio para no molestar a Laura, y por ahí derecho a Susana, a Catalina, a la otra Catalina, a Pilar, a Sonia; me habría callado y me habría convencido de que calladita era más bonita.   
3-
En estos días, Tomás llegó a la casa contando que se había encontrado a Laura.
-¿En serio seguís con ella?, preguntó Laura.
-Ajá.
-¿Y sigue hablando tanto?
-Ahora, hasta canta.  

domingo, 1 de mayo de 2016

Gato

Cómo se puede amar tanto
a un animal
que come pájaros.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Ruega para que el camino sea largo
porque lo único que tienes
es el camino.

domingo, 20 de marzo de 2016

El centro

Una parte de mí
Se niega a aceptar
Que no soy flor
Que no soy pez
Que no soy tormenta. 

Esa parte mía
No entiende este rostro como único
No piensa esta vida como plena
No resiste la idea de los límites
Con los que se tropieza
Todo el tiempo
El resto de mí.

Quiere escapar de las palabras,
De los círculos que se empiezan a dibujar
Entre los lugares visitados tantas veces.

Quiere cortar todos los vínculos,
Olvidar definitivamente la historia, la ciencia y la política
Sólo quiere recordar la poesía

Y vivir en ella.  

viernes, 29 de enero de 2016

Un día
después de muchos
de no entender
de no poder
un día
después de la incertidumbre
llega
sin preámbulo
la alegría de la mañana clara
y sin más motivo que la luz
somos felices.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Todo se está desmoronando

El primer temblor fue fuerte pero no nos alarmó. Luego vino el otro y el otro. Cada uno más intenso que los anteriores. Temblaron todos los continentes. Las noticias llegaban de un país, a las horas de otro. Diego y yo, de los primeros, nos enteramos por facebook. Pero la desconexión ahora es total. Queda la radio y se ocupan solamente de lo que ocurre aquí, ya no hay tiempo para Nepal, ni para Seúl ni para Brasil. Con lo que pasa en Colombia, con la cantidad de gente muerta y de edificios caídos, ya las noticias no alcanzan para cubrirlos a todos con su mantico de condolencia. ¿Cómo no se han muerto ellos? Me pregunto siempre que los escucho hablar a través del radio que era de mi papá.


Yo decidí ir a Armenia. Diego todavía está enojado. Igual siempre fuimos tan independientes pero ahora es distinto, él me insistió para que no me fuera, quería que estuviéramos juntos todo el tiempo posible antes del próximo temblor, antes de todo lo que va a pasar, que está claro que va a pasar. Antes de que no seamos más que cráneos bajo escombros. Pero no me podía quedar sin venir a Armenia.


Lo de mis papás fue rápido porque estaban en el edificio de once pisos de la abuela. Yo ni tiempo tuve de estar triste. Como había que pensar en buscar un sótano, tan escasos aquí, o en irse a otro lugar, no se pudo estar triste. Hay una especie de resignación muy profunda y casi cómplice que ahora se ve en las calles. También se ven casas hechas trizas, gente serena que ya se entregó a la idea de la muerte, carros abandonados y gente haciendo cosas (cogiendo por ahí en un parque, corriendo sin ropa o llorando), personas que aprovechan para hacer lo que les quedó haciendo falta, como yo, que voy a Armenia.


Hay otros que siguen haciendo su oficio. Esos me dan más curiosidad que los otros porque están aferrados a la rutina de toda la vida y no saben hacer otra cosa, entonces van a trabajar como si no se estuviera acabando este mundo. Qué asqueroso es el fin de nuestro mundo. No hay suficiente gente para limpiar las calles de los cuerpos podridos y parece que los gallinazos no sufren con las caídas de los edificios. Sólo nosotros.


Lo primero que Diego me preguntó fue por qué me iba a Armenia y yo traté de explicarle pero no fui capaz. Ni en estas circunstancias soy capaz. Me inventé que por una cosa de la niñez que quería recuperar, muy importante para mi. ¿Qué cosa? Un libro. ¿Qué libro? Uno que leí cuando era chiquita y era de mi abuela, un librito de poemas que ella tenía. Mentirosa. Diego me conoce. Dejame ir que necesito ir. ¿Por qué? Porque si. Suspiró y me dijo que si me daba la gana de morirme aplastada por una montaña era mi problema. Yo creo que quizo decir tu puto problema, pero se comió la palabra en el último instante porque no quería empezar a discutir.


Por un momento tuve la estúpida idea de irme a pie. No sé si por la cantidad de tonterías que uno empieza a pensar cuando ya vio que un banco, una iglesia, una fábrica se puede caer. Todo pierde sentido (como cuando uno repite muchas veces una palabra y ya después ni sabe qué es lo que quiere decir). Empieza uno a pensar, para qué un semáforo y para qué un supermercado.


Los supermercados por ejemplo están cerrados, la mayoría, por la cantidad de saqueos que hubo después del sexto temblor. Nosotros también saqueamos, pero en realidad fuimos afortunados porque Diego ha sido muy precavido y desde el segundo temblor fuerte, mercamos muchos enlatados. Él que se burla tanto de mis cantaletas sobre la intuición resultó teniendo mejor olfato que todos y gracias a esas provisiones sólo fuimos a saquear una vez. Y ya ni sé para qué porque no había casi nada. Nos tocó una lata de fríjoles antioqueños con tocino, una ensalada rusa enlatada y un tarrito de lecherita. De resto, sólo encontramos basura. Basura de plátanos y lechuga pisoteada en el suelo.


Al fin me vine en un bus, carísimo porque el transporte está aprovechando que la gente se quiere ir a otra parte a encontrar a sus familiares, aprovechando cualquier moneda antes de que se termine de caer esto. A mi me divierte que haya gente recogiendo plata todavía. ¿Para qué? Tendrán la esperanza de que alguien sobreviva y que la tierra deje de sacudirse y puedan volver a usar la plata para algo. Yo estoy segura de que no va a ser así, pero tampoco me voy a poner a predicarle a la gente en qué creer. Ya no.


Me dio temor dejar a Diego, porque el pronóstico del próximo temblor es para pasado mañana pero de todas maneras me vine. Antes de salir de la casa le prometí que iba a regresar lo más pronto que pudiera pero a él no le hizo gracia. ¿Qué necesidad tenés de ir allá? Tengo que ir, necesito ir. ¿En serio no me vas a contar a qué? No.


Para llegar a Armenia usualmente uno se gasta siete horas pero el viaje va a durar dos días porque las carreteras están obstruidas, hay derrumbes, ya muy poca gente está yendo a trabajar y los que todavía quedan se empeñan en seguir haciendo las cosas como antes entonces terminan entorpeciendo las pocas instituciones que todavía funcionan. La consecuencia es que todo se está desmoronando.


Ya casi vamos a llegar. Vamos siete personas en el bus y el chofer que desde que salimos de Medellín ha puesto vallenatos. “Te comeré a besitos nada más, desgastaría mis labios en tu piel”, suena en una memoria usb. El señor la ha repetido varias veces, se ve que le gusta y ya ni pena le da. Cuando llegamos a Armenia se agolpan otra vez los malos olores de la ciudad en la nariz. Qué asco: la sangre coagulada, el polvo, la basura, la enfermedad que huele también.


Empiezo a caminar para llegar a la casa donde crecí. Se me encalambran los brazos del susto, me suben las cosquillas desde el estómago hasta la cara y bajan en picada fría por los brazos y el torso. No he terminado de voltear por el parque y me sudan las palmas de las manos. Ahí se sentaba Eduardo. Me regalaba helado y me decía qué lindas piernas vas a tener cuando seas grande. Hasta cuando estaba mi papá a veces lo decía. Qué linda carita, qué lindo pelo, qué linda cinturita. Yo creo que lo de la cintura sólo lo dijo cuando mi papá ya estaba muy borracho y no podía escuchar. Ahora que lo pienso mi papá sólo se emborrachaba cuando venía Eduardo, su hermano favorito, el que había velado por él y por todos los hermanos cuando el abuelo se había ido de la casa. Eduardo, el tío más querido que le había ayudado a todo el mundo a salir adelante, el centro de las conversaciones de diciembre, por el que brindaban los hermanos cuando se juntaban, el mejor de todos, el representante de la familia.


Encuentro la casa en la mitad de la cuadra. Los vidrios del ventanal, al lado de la puerta, están quebrados. Se ve que alguien se metió a saquear. Entro por el mismo hueco que el ladrón. Escucho un zumbido agudo en la cabeza y me dan ganas de orinar. Se me acelera el corazón.  Mi papá no habría entendido. Habría dejado de hablar con él. Le habría contado a las tías y los primos. El chisme se habría regado, nadie habría vuelto a mirar a Eduardo. En las dificultades económicas no habríamos tenido ayuda, mi papá se habría enfermado más de los huesos, si pudo dejar de trabajar fue por Eduardo.    


Veo el que fue mi cuarto de niña. La cama sigue ahí. Miro la cama, la puerta, y noto que tengo la cara juagada en sudor y en lágrimas. No sé cuándo empecé a llorar. Ahora las lágrimas no se detienen. Él abrió la puerta. No, no la abrió. Sí, abrió la puerta y se acostó en mi cama. Si mi papá lo hubiera visto… la familia se habría partido en dos, en tres, en pedazos. No podía. La cama está tendida. A los ladrones no les interesan las cobijas y las colchas. O tal vez deben estar por volver a saquear el resto de la casa. Si mi papá hubiera entrado en ese momento. Si hubiera visto a Eduardo enrollándose en esa camita diminuta, enrollándose alrededor de mis piernas. ¿Dónde estaba mi papá? ¿Dónde estaba mi mamá? ¿Dónde están ahora? No están. Ya no están y por eso pude llegar hasta esta casa sin dar explicaciones. Las explicaciones que me pedían cada mes, cada año: ¿Por qué nunca volviste?, No he podido. Nunca pude.   


Lloro al lado de mi cama de pequeña. Miro el bombillo que está en el techo. Me doy cuenta de que ya no importa haber venido hasta Armenia. Nadie lo va a saber. Actúo de manera mecánica, el calor del llanto es más fuerte que mi capacidad de razonar. Grito con mucha fuerza mientras destiendo mi cama de niña. Me siento en ella. Me acuesto. Tengo la cara hirviendo. Grito otra vez. No de dolor ni de furia. Grito como si alguien me fuera a oir, en el cuarto de mis papás, al otro lado del corredor, pero no grito sus nombres. Sólo grito y grito y grito muy fuerte. Las lágrimas no salen de los ojos, salen de toda la cara, el grito lo arrojan también la nariz y los pómulos.

La tierra se sacude. El grito se detiene. Noto el pequeño temblor que empieza a desacomodar las cosas, ya esto no asusta a nadie. Me acurruco en la camita. Pienso en Diego. Sé que tengo que regresar. Pero todavía no tengo el más mínimo asomo de fuerza, sólo el eco del grito entre las sienes. La cara se me enfría despacio y el zumbido se empieza a ir. Miro cómo tiembla la sábana de mi camita, despacio, no con violencia, casi como si fuera el viento el que la moviera. Cierro los ojos y siento el arrullo del temblor ahora que todo se está desmoronando.  

jueves, 12 de noviembre de 2015

Tu nombre
en mi boca
es palabra
que sabe a herida.

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