domingo, 25 de marzo de 2007

El nudo

Nos estamos volviendo un nudo de manos llenas de pintura, de piernas largas y capaces de correr. En la ciudad que haría para vos, que quisiera hacerte, donde nadie te haría daño, y no tendrías que tener enfermo el cuerpo, y no se te estaría acabando el alma de puro cansancio, nos volveríamos un nudo cómodo. Yo te haría una ciudad donde me abrazaras y no te quedaras a unos metros de distancia, tocándome el hombro como si fueras alguien más, mirándome con esos ojos brillantes y dorados que recuerdo mientras escribo.

Te prestaría un lugar donde te acercaras y tocaras con la palma de las manos las yemas sensibles de mis dedos que se han estropeado algo por el abuso de la guitarra, pero que te esperan. Te haría una ciudad donde salieras a caminar y siempre encontraras un gato que te hiciera compañía o un viejo que te despedazara el mal humor contándote cuentos. Te dejaría salir a correr, a darle al viento oscuro de la noche lo que se te queda en la garganta durante el día. Te haría una ciudad en donde las puertas no tuvieran llaves, uno de esos lugares donde la gente aprecia los individuos que salen sin encartes a menear el pelo por los parques, por la curvas. Te prestaría un espacio para que cantaras duro y desafinado sin estorbar. Donde te dejaras querer más y me hablaras más bonito...

miércoles, 14 de marzo de 2007

Teléfono

La tarde no era prometedora. Su familia se había ido a un pueblo a comer postres y ella, estando cansada como estaba, decidió resistir la tentación y quedarse en casa escribiendo. Su madre se quejada de cómo no salía, de cómo no organizaba su alcoba, de cómo no era capaz de pasar mas tiempo en familia... Pero realmente no quería salir de casa. Quería recibir una llamada, eso era todo.

Se sentó a escribir como era su costumbre mientras miraba cada cierto tiempo el inmóvil teléfono que descansaba al lado de la foto de su abuela difunta. No sabía qué era exactamente lo que quería escuchar de aquella voz profunda y familiar, pero sabía que quería escucharla y que no le alcanzaban las fuerzas para ser ella quien hiciera la llamada. Le extrañaba que tanta ansiedad estuviera comprimida dentro de ella y ahora en las páginas que escribía para matar el tiempo de la tarde dominical, porque conocía hace mucho tiempo al portador de la voz que le faltaba para respirar tranquila.

Además, las dudas incómodas que la asaltaban como: si él estaba sintiendo lo mismo, o qué pasaría si llamaba, o si serían invenciones de su cabeza revolcada y él jamás se había mostrado interesado en primer lugar. Realmente no sabía qué esperar ni porqué, pero quería quedarse ahí hasta que el teléfono sonara.

De repente.... el teléfono brincó, a la par de las tripas que se desencajaron completamente. “¿Aló?”, contestó con las manos temblorosas, pero el tono firme. “¿Hola, cómo vas?”. Era él, en efecto. “¿Estás ocupada?”, “Pues... más o menos” dijo sonriendo y tirando el cuaderno que tenía en la mano. “Y... ¿será que te gustaría ir a comer un helado conmigo?”, se escuchó al otro lado del teléfono. Antes de responder sentía que la voz no saldría de su garganta, hasta que después de dudar, dijo mordiéndose los dedos: “Tal vez otro día... hoy tengo cosas que hacer”.

Algunas frases incómodas más tarde, colgó el teléfono lamentando que su timidez siempre hablara por ella en casos como ese.

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