martes, 29 de mayo de 2007

Cicatriz

Comíamos corazones rotos para pasar el tiempo. En esta ciudad la gente come cosas rotas cuando no encuentra otra cosa que hacer. Los hombres comen mujeres rotas, las mujeres fantasías rotas, los niños cuentos rotos.
No. No juguemos, gracias.

lunes, 21 de mayo de 2007

Me vas a dejar triste.

Yo no quiro decir adiós y me vas a obligar, como el peor de los tiranos... como la muerte. Me voy a intoxicar con un olor a insecticida y no te va a impotar. No me vas a pedir con tono de exigencia que hable, que te cuente, ni me vas a acompañar a crecer. No me vas a recordar, ni me vas a querer más de lo que ya lo hacés. No me vas a enseñar a leer lo que no entiendo, lo que no conozco. Me vas a dejar triste, con ganas de hacer silencio.
Un día decidiste devolverme al lugar donde crees que pertenezco. Me quitaste lo que me habías dado y me dejaste después de dar una vuelta, en la escaleras que anteceden la puerta de mi casa. Cerramos un ciclo. Dimos la misma vuelta de siempre, pero hoy me quitaste todo antes de partir. No sé donde estás. Me gustaría saberlo para ser más clara al escribirte. Sin embargo, sé que te escribo a vos porque, si no fuera así, esto no sería tan difícil. Aprecio tus esfuerzos por tratar de hacer poco notorio el que no volveremos a pasear por la ciudad, bajo la lluvia fría, sobre el pavimiento fresco, con abrigos gordos o desnudos. No, porque me arrancaste de las muñecas las cadenas, pero me dejaste de nuevo al frente de mi casa, como si después de hacerme creer libre te pareciera que es mejor dejarme en un lugar seguro. Tal vez pensaste en dejarme en otro lugar, pero mi casa te pareció adecuada para no sentirte responsable de haberme impulsado, de haberme dado ánimos, de haberme dicho que adelante no pasaba nada malo, que todo iba a estar bien. Te pareció adecuado dejarme ahí para dejarme sin vos.

La sala está en silencio y él está en la sala.

Las evocaciones se hacían más frecuentes porque se había reunido un par de veces con sus hermanos, y a ellos no se les podía decir que no cuando les daba por recordar.Era una época de verdades pasajeras, de errores de ortografía, de conocimiento esquivo, la que lamentaban juntos. Lo había invadido una nostalgia perezosa y lenta. No podía soñar sino con mesas de billar y chistes, y eso ya no le correspondía. Ya debería haber aceptado el pasar de los años, la vejez, pero no. Tampoco lograba concebir el que las decisiones, que pensaba había tomado bien, lo hubieran conducido a esa sensación. Una vida decorosa, respetable, responsable, intachable, amigos sinceros, habían llevado todos a un desasosiego vulgar. No lo impulsaba, no lo retenía. Lo dejaba suspendido, con la voz hecha pedazos y los contornos de los ojos húmedos; pero inmóvil. En silencio. Viejo y con el día siguiente planeado.

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