martes, 21 de agosto de 2007

Borrador

¨ Hoy no tenés que cambiarte nada. Estás bien ¨. La miró con los ojos escrutadores de siempre, pero no hizo sugerencias ni dio órdenes. Se limitó a darle las llaves de la puerta y a decirle con rostro severo: ¨ No se demore, no camine sola ni en la sombra, no hable con extraños, no se quite el suéter ¨. Asintió. ¨ Tenga cuidado con la gente que parece demasiado amable, con los que son demasiado fríos; mire para atrás de vez en cuando para asegurarse de que no la persiguen y no se olvide de caminar derecha ¨. Asintió de nuevo. ¨ “Alerta! Así tiene que mantenerse ¨. ¨ Sí papá ¨. Antes de salir esperaba el alarido que llegaba desde la biblioteca, desde detrás de las gafas gruesas de su padre, desde el aliento pesado de su padre. ¨ Amalia!¨. Silencio. Cuídese por favor ¨.

Los ojos pálidos ya no sabían esconder el miedo cultivado y la ansiedad corroía la máscara que usaba para salir a la calle. No sabía desear porque los deseos que no eran pecado, eran absurdos o estupideces. Escuchaba de vez en cuando, en las cafeterías, las conversaciones ajenas y buscaba entre ellas alguna que incluyera un viaje, una travesía. Tenía imágenes mentales desde pueblos vecinos hasta continentes remotos, pero había salido de su casa únicamente para visitar a sus abuelos que vivían en un país en donde no conocía más que a sus parientes, así que su padre no tenía que preocuparse por las heridas que suponía podían alcanzar a su princesa de trapo.

Había conocido a Francisco no hacía mucho. Francisco no tenía nada que perder. Era un flaco sencillo, sin restricciones. Vivía entre la cocina de la casa de su mamá, y el estudio de la casa de su papá. Ambos lo surtían ocasionalmente de ropa, le daban plata cuando pedía y lo obligaban a almorzar con uno y otro, alternando cada quince días, para que recordara que a pesar de que papá y mamá no estaban juntos, lo querían de verdad. Francisco reía al escuchar las palabras que sabía de memoria y que parecían más una grotesca burla de la vida.

Amalia caminó muy rápido esa noche. Prefería caminar por los bordes de las calles, no subirse a las aceras para que si algo llegaba a pasar (si un sacolero decidía sacarle un puñal y amenazaba con apoderarse de sus vísceras) algún extraño bondadoso pudiera salir en su auxilio. Se sentía protegida por las luces rojas de las farolas que alcanzaban a cubrir el pavimento de la vía automovilística. Y esa noche no fue diferente.

Estaba perdida, caminando sobre las líneas blancas de la calle. Los zapatos de princesa estaban sucios, las suelas no eran apropiadas para caminar, las sombras le resultaban amenazantes y generaba uno tras otro, mapas de los puntos peligrosos de la ciudad, recitados por su padre como si fueran oraciones elevadas al Santo de su devoción. Los bordeaba todos, no se atrevía a cruzar, y Francisco no estaba con ella. Tenía que estar por ahí, pero no sabía donde. Entonces, saltaba con sus zapatos de princesa los charcos de agua sucia y petróleo, asegurándose que lo vería llegar en cualquier momento. " Dónde estoy metida? Por dónde dijo que estaría? Qué hago a esta hora por aquí?". Se atemorizaba escuchándose como su padre, y luego se disculpaba diciéndose que no era para menos, que así había sido educada.

2 comentarios:

David P. dijo...

querés una margarita blanca? o dos?

Anfetamina dijo...

No hay palabras para la bailarina. Creo que le compraré un par de zapatos nuevos, unos cordones de seda y una sonrisa. Están de promoción en el mercado de las pulgas, tal vez encuentre algo para ella. Seguro, encuentro a Federico, también en remate de feria. Por ahora sigo pensando en los charquitos de petróleo que ella salta, confundiéndolos con simple y cristalina agua.

Tus frases:

No sabía desear porque los deseos que no eran pecado, eran absurdos o estupideces.

así que su padre no tenía que preocuparse por las heridas que suponía podían alcanzar a su princesa de trapo.

Había conocido a Francisco no hacía mucho. Francisco no tenía nada que perder. Era un flaco sencillo, sin restricciones. Vivía entre la cocina de la casa de su mamá, y el estudio de la casa de su papá.

Y esa noche no fue diferente.

Francisco no estaba con ella. Tenía que estar por ahí, pero no sabía donde.

Se atemorizaba escuchándose como su padre, y luego se disculpaba diciéndose que no era para menos, que así había sido educada.

SIGUE SIGUE SIGUE ESCRIBIENDO, BAILARINA.

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