domingo, 23 de septiembre de 2007

NO ME GUSTA SER COBARDE

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Apolo

Al violín de Mr. Vengerov

Se ha enviciado usted con la tristeza? Es sumamente sencillo. Se cae fácilmente en sentir pena por lo oscuro que es el lado oscuro. Naranjo me enseñó, hace ya varios años, que el lado oscuro de la luna se llama Hécate. Hécate: sombra. Sombra recurrente, tentadora, negra, provacativa, fácil. Sin embargo, aprendí de Germán Castro Caicedo que a su vez hablaba de sus investigaciones acerca del color con Manzur, que el negro no existe. Tal vez el azul oscuro, muy oscuro, pero no hay negro ni en la noche negra. Tal vez violeta oscuro, muy oscuro, pero no negro. Es la luz la que nos deja ver, y sin luz no vemos y si hay luz no hay negro. Negro: ausencia de luz. Bibí me lo dijo: "Lo único que realmente existe es una mezcla constante entre melancolía y esperanza". Tal vez.

Sombra presumida y absurda, que no existes sin luz.

martes, 4 de septiembre de 2007

Acto fallido

-Qué es lo que querés?
-Que me escoja.
-Tiene que ser libre para poder escoger.
-Entonces, que sea libre.
-Entonces, no la amarrés.

lunes, 3 de septiembre de 2007

De trapo

A JenyU que me hizo creer en las segundas partes y a Naty que me hizo creer en los borradores.

Francisco se concentraba profundamente cuando encendía un cigarrillo. Juntaba demasiado las cejas, miraba el fuego detenidamente, ponía las manos, casi con cariño, a lado y lado de la llama bien de fósforo o de candela. Descansaba sintiendo el humo en la boca, en la garganta, en los pulmones, en el aire otra vez. No había visto a Amalia y se preguntaba si su padre se habría opuesto a que saliera de casa como ya era usual. “¿Dónde estará? “, se decía preocupado pensando en la cara asustadiza que tenía Amalia cuando caminaba sola en la calle. “No hay que dejar que se note el miedo. Si no dejás de caminar como si te estuvieran persiguiendo, van a pensar que escondés algo valioso, que tenés algo que te pueden quitar”. Ya se lo había explicado, pero era más que obvio que en una noche oscura como la que hacía, Amalia iba a tener los ojos en el suelo, en los extraños, en la espalda. “Seguro no me vio por estarme buscando”.

Una esquina, otra, otra, otra. “¿Dónde estará?, siempre está por aquí, ¿por qué no ha venido?”. Amalia empezaba a suponer que su compañía había dejado de interesar a Francisco. “Sí, es eso”. Suponía que sus historias encerradas, sus historias que no salían del balcón y el comedor, sus historias de su padre y de cómo su madre se había mudado en el sótano, debían resultarle aburridas a un flaco callejero. “Sí es eso”.

Se descuidó pensando, cerrando y abriendo los ojos frente a las luces de los carros para divertirse con las estrellitas fugaces que se alcanzaban a producir por la pobre entrada de luz que alcanzaba a la retina. Se escuchó su nombre. “¡Amalia!”. Ahí estaba. “Dejá de mirar el suelo cuando caminás, si no te parás debajo de la lámpara no te habría visto”. Un alivio torpe se acomodó en su pecho. Estaba a salvo.

Caminaron hasta una tienda con un enorme letrero rojo. “¿Nunca habías venido por aquí?”. La respuesta era obvia: No, nunca. Pero Francisco se divertía viendo a Amalia repetir que no sabía, que no había estado ahí, que no había visto. Le daba un cierto aire de superioridad, una excusa para disfrazar el dolor de haber tenido que saber, tenido que estar y tenido que ver tantas cosas que preferiría omitir.

A la reunión nocturna se había unido Calimán, un buen amigo de Francisco que robaba cuando tenía hambre y cuando no tenía nada más que hacer. “¿Y ella?”, preguntó el hombrecito con cara de nada a Francisco. “De confianza. Tranquilo”.

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