lunes, 3 de septiembre de 2007

De trapo

A JenyU que me hizo creer en las segundas partes y a Naty que me hizo creer en los borradores.

Francisco se concentraba profundamente cuando encendía un cigarrillo. Juntaba demasiado las cejas, miraba el fuego detenidamente, ponía las manos, casi con cariño, a lado y lado de la llama bien de fósforo o de candela. Descansaba sintiendo el humo en la boca, en la garganta, en los pulmones, en el aire otra vez. No había visto a Amalia y se preguntaba si su padre se habría opuesto a que saliera de casa como ya era usual. “¿Dónde estará? “, se decía preocupado pensando en la cara asustadiza que tenía Amalia cuando caminaba sola en la calle. “No hay que dejar que se note el miedo. Si no dejás de caminar como si te estuvieran persiguiendo, van a pensar que escondés algo valioso, que tenés algo que te pueden quitar”. Ya se lo había explicado, pero era más que obvio que en una noche oscura como la que hacía, Amalia iba a tener los ojos en el suelo, en los extraños, en la espalda. “Seguro no me vio por estarme buscando”.

Una esquina, otra, otra, otra. “¿Dónde estará?, siempre está por aquí, ¿por qué no ha venido?”. Amalia empezaba a suponer que su compañía había dejado de interesar a Francisco. “Sí, es eso”. Suponía que sus historias encerradas, sus historias que no salían del balcón y el comedor, sus historias de su padre y de cómo su madre se había mudado en el sótano, debían resultarle aburridas a un flaco callejero. “Sí es eso”.

Se descuidó pensando, cerrando y abriendo los ojos frente a las luces de los carros para divertirse con las estrellitas fugaces que se alcanzaban a producir por la pobre entrada de luz que alcanzaba a la retina. Se escuchó su nombre. “¡Amalia!”. Ahí estaba. “Dejá de mirar el suelo cuando caminás, si no te parás debajo de la lámpara no te habría visto”. Un alivio torpe se acomodó en su pecho. Estaba a salvo.

Caminaron hasta una tienda con un enorme letrero rojo. “¿Nunca habías venido por aquí?”. La respuesta era obvia: No, nunca. Pero Francisco se divertía viendo a Amalia repetir que no sabía, que no había estado ahí, que no había visto. Le daba un cierto aire de superioridad, una excusa para disfrazar el dolor de haber tenido que saber, tenido que estar y tenido que ver tantas cosas que preferiría omitir.

A la reunión nocturna se había unido Calimán, un buen amigo de Francisco que robaba cuando tenía hambre y cuando no tenía nada más que hacer. “¿Y ella?”, preguntó el hombrecito con cara de nada a Francisco. “De confianza. Tranquilo”.

1 comentario:

los archivos s dijo...

Muñeca: estás escribiendo muy bien. La Historia de Amalia y la de la operadora son las que más me gustan. Por favor, Jenny U cree en las segundas partes, yo la apoyo y creo en las terceras, no en todas ovbiamente, pero quisiera una de ésta.

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