viernes, 12 de diciembre de 2008

Un niño sin nombre andaba por las arenas calientes del desierto con un globo rojo en la mano derecha. Ya cansado de recorrer, se sentó bajo una palmera a sentir la brisa en la cara y a mirar el cielo sin nubes que lo acompañaba desde la mañana. El niño sin nombre respiró con calma, dejó que el sudor enfriara su piel, pensó en su destino y en los ojos, que al recibir el globo rojo brillante que latía entre sus dedos, sonreirían agradecidos. El niño sin nombre inhaló esa imagen alentadora y embargado por la emoción pensó en recuperar su paso, pero el cansancio lo batió y se quedó bajo la palmera. Dos minutos después, el niño sin nombre despertó en el desierto y al abrir los ojos alcanzó a ver la chispa de sol que pegaba contra su globo rojo que ahora brillaba en lo alto del cielo. Y dos minutos después, el niño sin nombre se despertó de un terrible sueño con los dedos apretados y entre ellos, una cabulla con un globo rojo en la punta.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Rogelio se ha dejado caer

Rogelio se sienta en una silla de madera al frente de su casa. Le da la espalda. Se acomoda en la silla y saca de su bolsillo un cigarrillo. Lo enciende con paciencia. Alguna lágrima se le escapa. Recuerda a su novia de la juventud, sus vestidos de colores, la extraña manía de no salir a la calle sin sombrero, su cáncer de piel. A sus padres, muertos en un accidente de avión. A su hermano, que ha dado la vida por su familia, y que vive tranquilo en la casita que se ve en la montaña del frente. A su hijo que ahora debe estar levantándose para ir a la universidad en el frío de las mañanas canadienses. La vida lo ha dejado solo y algo aporreado. Ninguna herida visible, tan solo otra lágrima.

Su mujer era cálida, inteligente y fuerte como el ron. Se conocieron por ahí y fueron construyendo la vida como quien no quiere la cosa, como sin darse cuenta. Con la naturalidad propia de las personas que viven para el presente y sin muchas expectativas, haciéndose compañía no más, hasta esta tarde en la que Rogelio saca la silla de su casa para no acordarse de la muerte de Rosa.

“¡Cuidado con los abismos!” le grita Juancho, su mejor amigo de la infancia que ha ido a hacerle la visita. Se abrazan y Rogelio siente como algo de calor vuelve a su interior. “No te vayas a caer”. Entran a la casa y preparan algo de tomar. Conversan hasta que se enfría. Rogelio toma un trago, recuerda a su mujer y siente cómo el vacío, propio de las alturas, se apodera de él.

Rogelio se ha dejado caer.

Suspira

Se escucha el canto de los pájaros y un par de palabras que lo curan todo.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Seres necesarios

Cuento escrito por el señor Cortázar, que tan feliz me hace y que tanta compañía me ha hecho. Tal vez ya lo conzcan, pero no sobra recordar.

EL CANTO DE LOS CRONOPIOS

Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevan en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.

Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del corro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas y las esperanzas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son buenos y las esperanzas bobas), acaban aplaudiendo al cronopio que se recobra sobresaltado, mira en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Código

G y T, no pueden decirse casi nada de lo que quisieran decirse.

-Hola
-¿Cómo amaneciste?
-Bien, ¿tu?
-Algo cansado. No dormí casi.

Hacen silencio y siguen tomando cada uno de su chocolate.
No se miran.

-Y...¿cómo sigue tu mamá?
-Está mejor. Ya puede salir.
-Que bueno.

Pero intentan que en cada palabra se esconda el mismo mensaje.

-¿Quieres el último traguito?
-Bueno.

El problema, es que en ninguna palabra cabe.

jueves, 30 de octubre de 2008

Cerrados. Abiertos.

Gabú estaba despierto, pero no abrió los ojos durante un buen rato. Respiró despacio debajo de las sábanas, sintió el latir de su deforme corazón, escuchó el silencio abrumador de su pequeño apartamento y el canturreo de la vecina del piso de arriba; despegó los dedos de su mano derecha y una vez estuvo listo para recibir el día, despegó también sus párpados para encontrarse con unos bonitos ojos que lo esperaban con las pupilas dilatadas.

lunes, 13 de octubre de 2008

Clarín y la monita Clara

Clarín era feliz, feliz. Tenía pequeñas fatalidades para mencionar, pero en términos generales lograba caminar con cierta calma por las calles polvorientas que rodeaban su casa. Había crecido acumulando algunos rencores contra las hormigas que caminaban sobre los restos de comida que guardaba en las noches para comer por la mañana, se había desilusionado profundamente de las brujas y de dios (tanto que ahora lo escribía con minúscula) y no podía escuchar hasta el final las historias en donde morían conocidos. Sin embargo resistía valiente la vida y procuraba tenerle paciencia.

Pero había días en que a pesar de algunos unguentos que le había recomendado su abuela, a Clarín le dolía la vieja cicatríz que le había dejado la monita Clara con su ausencia. Un beso chiquito y adiós. Pensaba en ella cuando hacía mucho viento y recordaba las tardes que pasaba contándole cuentos cerca del acantilado. La había conocido un día en la casa de su abuelo porque la monita Clara era hija de una profesora que frecuentaba al Viejo. Cuando la vio no pensó que fuera mayor cosa, pero a fuerza de hacerse compañía en las visitas que se hacían los adultos, la monita Clara fue adquiriendo el importante lugar de "compañera de juegos de avión" en la vida de Clarín. Después de la tercera visita, ya se ponían los sombreros de la tía Celina y procedían a montar la hamaca del patio de la casa del Viejo. Clarín movía con fuerza el pedazo de tela azul clara, abría los brazos, y recitaba alturas y temperaturas descabelladas que hacía reir a la monita Clara hasta las lágrimas. Con el tiempo dejaron de verse porque ya no había porqué ir a acompañar a los adultos. Pero se reencontraron en el Colegio cuando la monita Clara llegó a vivir al pueblo. Fue esa la época de los cuentos en el acantilado.

Clarín recordaba la mañana en que se enteró de que iba a irse y de cómo supuso que no iba a dolerle en lo absoluto. Es difícil concebir el dolor. "Me voy en bus", dijo ella. "Claro, los aviones son sólo para jugar conmigo", le respondió Clarín. Pero cuando la monita Clara salió de su casa con las maletas y los baúles después de despedirse de él, se le abrió una herida delgadita, como lana, que dolía a veces cuando hacía mucho sol y Clarín recordaba las manos sudorosas que apesar del bochorno no se soltaban.

domingo, 5 de octubre de 2008

¿Creer algo?

"...la sabiduría es fidelidad a la condición humana."

La Resistencia, Sábato.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Abro los ojos.
Miro a la izquierda.
Sonrío tranquila.

lunes, 15 de septiembre de 2008

740am

Inicio

Hacía un día frío y gris. A las 740 am, mientras tendía mi cama como todas las mañanas mi reloj se detuvo. Un tren chocándose contra mi cara pálida, estampada por las marcas de cuadros pequeños que deja mi colcha cuando duermo sobre ella. Mi papá entró a mi cuarto corriendo y me preguntó si estaba bien. Yo supuse que sí, que había que estar bien y listo, seguimos. Ni siquiera eso detuvo los compromisos, ni siquiera que la hora no cambiara más. Ahora, siempre son las 740am.

La primera llamada fue de mi jefe. La reunión con ella era a las 9am, pero ya no iban a ser las nueve de la mañana nunca, así que me dijo: nos tenemos que reunir ya. Repliqué que era muy temprano para trabajar, que no era lo que habíamos acordado, pero había demasiado que hacer así que cogí la chaqueta, el paraguas, y caminé a las 740 am, sin angustias, sin el peso en el estómago conocido por mis tripas como: voy a llegar tarde.

La reunión duró cuatro tintos fríos. Cuando salí a las 740 am, tenía hambre. La señora de la cafetería dijo: "Señorita, empiezo a hacer el almuerzo a las 1130am. En el momento sólo hay menú de desayuno". Perfecto, jugo frío y pan caliente.

Mis profesores vagaban por la Universidad, fumando tranquilos, paseandose por las plazoletas, comentando el extraño fenómeno del tiempo y burlándose de los estudiantes que contaban repetidas veces cómo había sido el momento en el que sucedió. "Hoy no hay clase de 2pm", dijo uno. Claro, no hay dos, no hay clase. "Sin embargo, debería leerse los cuatricietos libros de mi biblioteca hoy que tiene una infinidad de tiempo, ¿no le parece?".

"En el mío eran las 750am", "en el mío las 740am" respondí. "¿Entonces qué hora es?", "No sé. Es difícil". Como no lográbamos ponernos de acuerdo le preguntamos a una niña con un buso de rayitas rojas y moradas qué hora tenía ella. "Las ocho,- respondió -yo lo mantenía adelantado".

A veces me da sueño y duermo porque la noche se quedó en otro lado del mundo, así que mi reloj biológico volvió a determinar mis jornadas de descanso. Debo admitir que es extraño dormir a las 740am, porque la luz del día no ayuda y siempre se tiene una sensación de que hay que empezar a hacer algo, comenzar algo, el día seguramente, pero ya no hay días, así que poco importa.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Cosa pequeña y afortunada

Yo podría reconstruir mi vida con canciones.
Supongo que todo el mundo podría también.
Y algunas de las canciones de las que está hecha mi vida
las he escrito yo o cantado yo. O alguien cercano al que se le puede dar un abrazo.
Y esa cosa pequeña y afortunada me hace feliz momentáneamente.

lunes, 1 de septiembre de 2008

22 ojos

-Conté 12
-Yo 18 esta mañana ¿Por qué nos miran?
-Porque tú dejas las ventanas abiertas preciosa, y luego te entras a bañar.
Obviamente nuestros vecinos quieren saber qué pasa aquí dentro.
-Yo creo que nos miran porque tú te sientas en el borde de la ventana, y estamos en un onceavo piso. Es como ver el espectáculo del circo.
-Yo sólo me siento ahí cuando la noche está muy bonita. No siempre.
En cambio tú de la pasas bañándote.
-No me voy a acostar sin bañarme después de haber sudado todo el día...
Yo creo que nos miran porque hay un asesino que quiere matarnos entonces le dio plata a todos los vecinos para que nos espiaran y le dijeran a qué hora hacíamos qué cosa; y cuando el asesino sepa exactamente qué hacemos va a venir y va a acuchillarnos por la esplada.

Mauricio hace silencio y la mira. Niega con la cabeza.

-No creo.

"Mauricio y Manuela vivían aquí hace más de un año. Cuando me alquilaron el apartamento me dijeron que eran compañeros de Universidad y a mí me parecieron personas decentes. Me dijeron que ella era bailarina y él arquitecto. Yo no sé porqué alguien querría matarlos así. No, yo nunca vi nada raro. De pronto la gente si se quejó al principio porque sus amigos venían por las noches y se quedaban hasta muy tarde escuchando música muy duro, y sí se les dijo varias veces, no hicieron caso, pero después nadie lo volvió a mencionar. Sólo don Ramón, el del décimo piso, un hombre muy extraño por cierto, muy silencioso, me dijo algo al respecto hace como un mes pero nada más. Sí, fui yo la que los encontré a los dos esta mañana. Una cosa espantosa! Mi tía vive en el piso once, al frente de donde vivían ellos. Como ella está de viaje yo subí a regarle las matas y ví que del apartamento salía sangre por debajo de la puerta. Claro, yo toqué la puerta varias veces, me pegué del timbre, grité, y como a los quince minutos ya me convencí de que había que llamar a la policía y así fue. Yo me voy a tener que tomar alguna cosa para poder dormir. Pues parece que fue con un puñal o un cuchillo o algo así, pero yo no sé de esas cosas, ya tendrá que decir la policía".

martes, 19 de agosto de 2008

Maga

Yo la conozco y no me la inventé. Pero parece una maga, entonces no sé si exista de verdad tal como yo la ví. Es del tamaño de los gigantes que se pasean por el parque que hay al lado de mi casa, el de la fuente sin agua, el de los edificios pintados de tiza verde, naranjada y roja. Cuando la conocí me dio miedo porque me produjo esa ansiedad de saberlo todo pronto, que a veces, como agua efervescente, me atropella cuando estoy a punto de coger un bus o a punto de caerme dentro de tus pupilas. Estaba contando un cuento y fue ahí cuando descubrí que cerca de mi casa hay una plazoleta abandonada donde se refugian quienes en este tiempo conservan la habilidad de crear. Allí es donde viene a veces, pero no la veo mucho. Leo sus historias y logra envolverme con sus aires intóxicados de deseo y humo de cigarrillo. Logra que quiera inventarlo todo pronto. Hacerlo todo de nuevo.

sábado, 16 de agosto de 2008

Abro comillas

A veces la vida es así. Te deja loco con un diálogo.

"¿Por qué estás tan brava?"
"Estoy peliando con los habitantes de mi corazón. Son malos inquilinos"
"Eso pasa cuando se cobra alquiler."

sábado, 9 de agosto de 2008

Mía

No, no, así no. Con los ojos cerrados y permitiendo que cada cosa que fue puesta ahí invada el cuerpo. Que los bemoles den la vuelta por el caracol del oído, que las armonías hagan un vacío entre las costillas, justo donde tenés esa barriga tuya, que las palabras elegidas con tanto cuidado cambien el color de tus prejuicios y tus seguridades. Dejame, yo quiero oír esa canción y quiero imaginarme que todas las cosas se parecen a ella. Que ese chico se desafinó tratando de imprimirle toda la emoción que yo debía sentir al oírla. No, la trompeta tiene que ser así, brillante y dulce. Y las disonancias y las modulaciones. Así, dejando que las imágenes suenen a ella.

jueves, 7 de agosto de 2008

Pequeñísima

No encuentra a su mamá, déjenla tranquila, es muy pequeña todavía, necesita a alguien que la abrace siempre, ¿tiene que ser su mamá?, no sé, no importa, déjenla llorar para que cuando crezca tenga pulmones fuertes y pueda bajar hasta el fondo de la Piscinita en San Andrés sin tanque de oxígeno, yo digo que la paren, que es terrible ver esas lágrimas barrigonas bajando por sus mejillas rojísimas. Samuel entra en la sala. Nos mira a todos. Se da cuenta de que llevamos más de quince minutos discutiendo acerca del llanto de Salomé. Parece preocupado por nuestra descomunal ignorancia. Samuel camina sus pasos cortos hasta el cuarto de Roberto, va por la guitarra pequeña que está en el closet, sale del cuarto, atravieza el círculo de adultos estúpidos que miramos a Salomé y se la entrega. Listo. Ya está. Las lágrimas barrigonas se han detenido. Salomé sólo sabe llorar así cuando Samuel y su guitarra se van de su lado.

lunes, 4 de agosto de 2008

Decreto

Si miro para atrás duele. Duele el cuello porque hay que torcerlo, los ojos porque los puntos están muy lejos y a los ojos les dan ganas de hacer lágrimas, que es un trabajo duro y duele. Duele la cabeza porque comienzan los delirios de persecución y la nostalgia, que también duele en el estómago. Entonces no voy a mirar para atrás. Por comodidad, no más.

jueves, 31 de julio de 2008

Cráteres en mi corteza cerebral

Mi queridísimo peludo era experto en ir de un extremo de la ciudad al otro montando su cohete rojo. Alzaba las manos y se reía antes de aterrizar. "¡Tontos!", les gritaba a los otros humanes que andaban por las calles sobre sus patinetas. Hasta el día en el que mi queridísimo peludo le aterrizó en el pelo morado claro, textura algodón de azucar, a una viejita que gritaba sosteniéndolo con fuerza por las muñecas: ¡Esta vez no te me escapás Muerte cínica! ¡O me llevás o me llevás!".

martes, 29 de julio de 2008

Tengo que encontrar un rinconcito en donde quepa yo. Que tenga capacidad para invitar uno que otro alguna tarde. Pero no demasiado grande porque empezar'ia a parecerse al cuarto. Un rinconcito tranquilo, donde pueda maldecir, colgar un farol y pintar en las paredes.

domingo, 13 de julio de 2008

Poesía

Estoy acostada sobre tu almohada y no sé si es la posición o la hora, pero mi boca se inunda de verdades que te digo tranquila porque ahora sé que sos un buen par de oídos. "Hay que comenzar de nuevo con las malditas obligaciones cuando todos sabemos que sería mejor pretender que hay en este mundo sólo tardes de agosto y de hamaca", creo que estás de acuerdo pero no respondés. No hay razón para no pasar una buena mañana escuchando lo que tienen para decir las nubes que se retorcerán hasta que alguien las comprenda. Estoy segura de que si uno se quedara un mes leyendo las nubes descubriría cómo llegar al centro de la tierra o algún misterio semejante. "No creo en nada, ¿sabés?", estás extraviado en el letargo de las tres de la tarde; yo recuerdo las palabras del tipo que ayer me hizo la pregunta que terminó por convencerme: ¿quién sabe más del alma, un psiquiátra o un poeta? "En casi nada", digo casi murmurando, hundiéndome también en el aire tibio que nos rodea.

domingo, 29 de junio de 2008

La pared azul

Estoy esperando a que llegue Rico hace un buen tiempo y no he querido levantarme de esta silla a pesar de que podría estar haciendo cualquier otra actividad inútil. Hay una sola mariposa dando la vuelta a mi estómago. Todas las demás han sido expulsadas por el tiempo, por la resistencia que debieron tener y no tuvieron, por el cansancio. Todos sabemos que las mariposas se fatigan esperando, menos Rico, porque no llega. Entonces un vecino que conocí cuando se cayó la pared, hace poco, me miró hoy por unas horas, sentado en una silla igual a la mía, simple, de madera, sin cojín. Luego desapareció.

Ahora él y su hermano están en la ventana que da a mi casa; el que me mira se ve más cerca de la ventana que el otro, ambos encendienden un cigarillo, uno pensando que no estaría nada mal compartit un poco de amor conmigo, otro que no estaría nada mal compartir un poco de amor con cualquiera que además de piernas tuviera una candela para encender el cigarrillo que se fuma cada que se levanta, entre las sábanas, casi cuando el sol es todavía una sospecha. El problema es que yo estoy esperando a Rico casi todo el tiempo y no puedo hacer tantas cosas a la vez porque podría perder la cuenta de cuánto crecen mis plantas, de cuánto me demoro esperando a Rico.

Después de que se cayó la pared izquierda de mi casa, la que dejó la pila de escombros azules que hay al lado derecho de donde me encuentro, los tres hermanos que viven en esa casa parecen más interesados en hablar conmigo. Su hermana con ojos de Sparkies, porque sabe que vemos televisión a la misma hora y ella casi siempre tiene que hacerlo sola y preferiría hacerlo conmigo pero yo me escondo en la cocina porque la chica habla de cosas pequeñas todo el tiempo y no me gusta. Los otros dos hermanos porque sí.

Sin embargo, creo que los hermanos pronto no querrán saber nada de mí porque su mamá está por llegar. Su mamá me conoció cuando mi casa tenía techo y todas las paredes, después ella se fue de viaje, volvió justo cuando el techo se dañó y yo hice que lo quitaran, por lo que la señora cree que no soy una mujer digna de confianza. Así que cuando llegue, estoy segura, su enorme boca, su pelo pegado a la frente y sus palabras cargadas de resentimiento harán que los hermanos no quieran mirarme más.

miércoles, 18 de junio de 2008

Lugar de pasos

Son las diez de la mañana y hay buena luz. Un corredor amplio y mis pies tocando el piso frío de la casa enorme. Simón y Juanita me habían dicho que era pequeña y tal vez a mí me sorprende porque no salgo mucho, pero la veo enorme. Deslizo mis pies con paciencia para no dejar escapar el silencio que recubre la casa. Sé que hay gente en los pisos de arriba pero no quiero pensar en ellos, que podrían hacer que desaparezca la sensación de caricia que me inunda. La recorro. El patio huele a humedad y a insectos de colores, el corredor a tinto, la sala a buñuelo, los cuartos a tela, a maquillaje, a guardado y a confesión.

-Buenas tardes.
-Buenas.
-¿Le ayudamos en algo?- pregunta la vieja que se asoma por las escaleras delante de otras cuatro personas que me miran con ojos amargos.
-Puedo...-no se me ocurre nada que no suene ridiculo- puedo...- quiero decirle la verdad pero no me dejo- ¿puedo.. quedarme en su casa por un tiempo?
-¿Para qué?
-No sé. Para guardar la sensación que hay aquí, supongo.

La vieja mira con desconfianza a los demás, pero encuentra en ellos el gesto de indiferencia que, más adelante sabría, era su gesto natural. Pereza facial, pienso mientras observo sus rostros que maquinan una decisión.

-¿Se demora?
-Sí señora.

Hay una mueca de desagrado y aburrimiento en el gesto de los cuatro personajes que se esconden detrás de la vieja. Como si ya conocieran esta historia y todas las historias que yo soy. Pero uno de ellos, el que tiene sombrero, le dice algo al oído a la vieja. Ella no se decide a decir nada. Me mira y le hace una pregunta al pequeño grupo al que precede. Todos susurran y parecen llegar a un acuerdo.

-Entonces no haga ruido y quédese donde quiera. Eso sí, no suba al segundo piso y espere a que yo baje para entregarle las llaves de la puerta de la entrada.
-¿Le pago cuando me las entregue?
-Me paga cuando se vaya...si es que se va.

martes, 27 de mayo de 2008

Me gusta más cuando también leo los números

1. Recuperó la sensación de tristeza vieja. "Ahí estás. No te veía hace un tiempo. No me dejaba tanto trabajo, pero no te haz ido. Ahí estás", pensó Paula mirando su cuarto, oscuro, con pilas de papeles y de libros en sombras. "Vacío, nunca te vas".

2. A Sergio, había intentado llenarlo de sus objetos para que se acostumbrara a ellos, para que aprendiera a tenerlos cerca y así, a ser parte del paisaje de su habitación. Lo había forzado a escuchar sus canciones y a leer sus libros favoritos para constuir en él un imaginario semejante al suyo, para que luego (él solito) llegara a la conclusión de que eran tan parecidos que debían pasar el resto de sus vidas juntos.

4. "Tus soledades y las mías son distintas. Yo no las soporto porque mi voz se escucha demasiado fuerte y no me gusta mi voz. Y vos... decís que no te importan porque nunca estás solo."

5. Paula abrió la puerta y le dijo: "Entrá por favor".

7. "No me pidás que llene tus insatisfacciones.", dijo Sergio sin mirarla. "No soy capaz de aliviar tus carencias porque no soy la causa de tus carencias" dijo Sergio queriéndose ir.

martes, 13 de mayo de 2008

Ciudad

1.Cosa que no tendría porqué existir pero existe. 2. Muchas personas que no se conocen ni se quieren pero viven en un mismo espacio porque qué más da. 3. Muchos símbolos, mucha inconformidad, mucha distancia. 4. Muchos objetos repetidos. 5. Personas que vienen en grupos, que buscan reconocerse en otros, que crean para eso peinados comunes, colores comunes y así evitan sentirse solos. 6. Lugar que no permite notar que el sol es importante y donde sólo se le presta atención porque dificulta estar tranquilo en un taco. 7. Ruido constante. 8. Exceso de velocidad. 9. Distancia impuesta. 10. Resultado de la técnica, el progreso y la industrialización. 11. Sinónimo de producción.

lunes, 12 de mayo de 2008

Benedetti...

De esas cosas que uno sabe que todos quieren saber y que entonces uno debe publicar por si algún desafortunado no lo conoce aún.

Una mujer desnuda y en lo oscuro

Una mujer desnuda y en lo oscuro
tiene una claridad que nos alumbra
de modo que si ocurre un desconsuelo
un apagón o una noche sin luna
es conveniente y hasta imprescindible
tener a mano una mujer desnuda.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera un resplandor que da confianza
entonces dominguea el almanaque
vibran en su rincón las telarañas
y los ojos felices y felinos
miran y de mirar nunca se cansan.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
es una vocación para las manos
para los labios es casi un destino
y para el corazón un despilfarro
una mujer desnuda es un enigma
y siempre es una fiesta descifrarlo.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
genera una luz propia y nos enciende
el cielo raso se convierte en cielo
y es una gloria no ser inocente
una mujer querida o vislumbrada
desbarata por una vez la muerte.

NOTA:
Este texto fue escrito por Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia escritor uruguayo. Por eso el título de la entrada.
Si Dios existe quiere ser música.

jueves, 10 de abril de 2008

En una de las casas, la del garaje grande, vivía Guzmán, un hombre que seguro iba a morirse de gordo. Todos los días desayunaba pasteles de manzana en la panadería de la esquina, bautizada "El Edén" por él mismo, y los reposaba enseñando en el Colegio por las mañanas y escribiendo libros acerca de la antimateria por la tarde. En las noches leía cualquier revista. Sólo en las que Isabel pasaba en casa de Guzmán (porque su tío tenía que hacer alguna diligencia o había conocido alguna mujer) el hombre rompía los rituales impuestos por la rutina. Se acostaba tarde contando cuentos, se esmeraba cocinando para los dos, sacaba de las alacenas los condimentos condenados al encierro por la soledad que casi siempre podía verse a través de las ventanas de la casa del garaje grande. El resto del tiempo Guzmán comía, no hacía nada, o discutía con su vecina, Matilde Henao.

Matilde Henao, dueña de la casa pequeña, era viuda, retirada y algo desocupada. Ocasional consejera de bufetes de abogados solamente. Una mujer bastante tranquila, pero que había desarrollado el talento de enojar a su vecino y de dejarse enojar por él, sobre todo cuando después de saludarse cortésmente alguno mencionaba cualquiera de los temas sobre los que jamás habían llegado a un acuerdo, dando paso a una riña que a pesar de estar desteñida por el uso, lograba aún ser apasionada. Los temas en cuestión eran generalmente: la hiedra de Guzmán que se estaba empezando a comer la reja de Matilde, la mujer que Guzmán debía conseguir antes de que la diabetes lo dejara ciego para que a Matilde no le tocara cuidarle la vejez y sobre todo: Isabel.

Isabel vivía en la casa de ventanas naranjadas. Era apenas una niña y no podía hablar. La cuidaba su tío Federico que trabajaba desde la casa y así, además de hacer dinero acompañaba y enseñaba lo que podía a su sobrina. Cuando tenía que salir la dejaba con sus vecinos, viejos solitarios, que no sabían cómo agradecer la presencia de la niña de ojos grandes que no pronunciaba palabra, pero que sabía escuchar mejor que nadie. Isabel, además, pintaba con crayolas, tizas, tinto, jugo de mora y así, con cualquier cosa que pudiera dejar un rastro.

Una noche, Federico recibió una llamada de Ángela, una amiga suya, diciéndole que un dolor de cabeza estaba a punto de volvérsela pedazos y que necesitaba a alguien que pudiera llevarle las medicinas a su casa, ya que ella no podía moverse . Federico preocupado, se ofreció para llevárselas y pensando en el frío que hacía afuera y en que probablemente no tardaría mucho, pidió a Isabel no salir de la casa y esperarlo tranquila. Matilde le había regalado a Isabel una caja de colores enorme, así que Federico sugirió a su sobrina quedarse pintando un rato, mientras él volvía.

Cuando Guzmán escuchó la moto que salía, pensó con tristeza que seguramente esta vez había sido Matilde la afortunada y con algo de envidia miró por la ventana hacia la casa pequeña buscando a Isabel y a su vecina que seguramente estarían armando algún rompecabezas o entretenidas en medio de una historia acerca de las épocas doradas de la Doctora Henao. Pero las luces estaban apagadas. Entonces Guzmán volvió a su sillón y esperó a que la curiosidad disminuyera para seguir leyendo. Como no lo hizo, fue hasta la casita del lado y tocó el timbre. Por la cortina de la habitación principal se asomó Matilde con cara extrañada y minutos después abrió la puerta.

-¿Y esto?
-Buenas noches doctora, ¿cómo está?
-Bien Profesor, gracias. ¿Se puede saber a qué se debe la visita?
-¿Está con Isabel?
-¿Con Isabel? No. Yo vi que Federico salió en la moto y como no me la trajo supuse que estaba con usted. ¿No estaba con usted?
-No, conmigo no la dejó.
-¿Entonces con quién?
-¿Y no salió con ella?
-No, en la moto sólo estaba él.
-¿Entonces?

Los dos pensaron un momento y decidieron buscarla. El parque del lado de la quebrada, debajo de las lámparas, debajo de las sillas, dentro de las otras casas, no Isabel no estaba. Isabel no estaba en ninguna parte. Y el desespero de los viejos crecía a medida que los lugares se agotaban. No Isabel no estaba aquí ni allá. Regresaron dispuestos a ingeniarse otro plan o encontrar otro lugar en donde buscar o avisarle a Federico si ya había llegado. Y apenas se aproximaban a sus casas vieron a Isabel parada frente a la puerta de la casa de Guzmán. El hombre y la mujer corrieron muy rápido y la abrazaron pero la niña apenas lograba comprender el alboroto. Isabel intentaba señalar su casa para responder a la incesante pregunta de dónde había estado, pero era inútil.

-Seguramente Federico le dijo que fuera por ella y se le olvidó. ¿O si no por qué estaba delante de su casa? ¡Irresponsable!

- Federico no me dijo nada a mí. No sé porqué estaba delante de mi casa. Se lo diría a usted y seguro está tratando de desviar la atención hacia mí. Por primera vez la "doctora" olvidó algo...

Discutieron y discutieron. Matilde tomó a Isabel de un brazo y dijo que se la llevaba con ella. Guzmán la tomó del otro y se opuso. Isabel se sacudía de un lado a otro. "¡Usted es un irresponsable, se viene conmigo!", "Estaba delante de mi casa, quería venir a mi casa". Cada uno la jalaba cada vez con más fuerza mientras Isabel intentaba decir que la soltaran, pero las palabras no salían de la boca de la pequeña, intentaba zafarse de las manos de los adultos, pero no tenía tanta fuerza, y algo empezaba a dolerle y Matilde la quería para ella y Guzmán para él y jalaron con tanta fuerza que Isabel se rompió.

Se escuchó como si alguien hubiera dejado regar el silencio de los hoyos negros en la cuadra. Guzmán y Matilde bajaron sus miradas y vieron a la niña con los ojos cerrados, la boca abierta y rota, sangrando sin parar. Guzmán la tomó en sus brazos, asustado, y sin pensar siquiera corrió hacia en Hospital con Matilde tras él, llorando sin consuelo.

La sala de urgencias tenía varias personas dentro iluminadas por las luces de neón que dan ese tono de muerta a la gente. Guzmán entró empujando la puerta, con las manos y la camisa llenas de sangre. "¡El Doctor Gaviria por favor! Que alguien lo llame, ¡por favor!". Una de las enfermeras de turno al ver el estado de la niña y del hombre que la cargaba corrió hasta las salas de operación, volviendo con el Doctor Gaviria.

-¿Qué le pasó a Isabel?
-La rompimos- respondió Matilde que acababa de llegar ahogada por el llanto y la carrera.

El doctor entró a cirugía inmediatamente. Guzmán y Matilde no se miraban, no hablaban, una sensación de vacío y de ardor en el estómago los devoraba a ambos. Héctor Gaviria salió mirando el suelo blanco de la sala.

-Está muerta - dijo el doctor con los ojos perdidos. Una sonrisa leve se apoderó de su boca que habló como sin querer- La abrimos para mirar qué tan profunda era la herida... Isabel estaba hecha de música, mañanas y melancolía.

jueves, 3 de abril de 2008

Por amor a los gatos.

Angelito urbano, te prometí un regalo y aquí está.
Se llama Tequila y es tan mugroso como hermoso.



miércoles, 2 de abril de 2008

La luz ya estaba apagada

La señorita Cecilia se acostó. No estaba cómoda: hacía calor y estaba triste. Se metió entre la sábana y el colchón. Intentó ponerse sobre un costado, luego sobre la espalda, sobre el otro costado, sobre la esplada. No funcionaba y de tanto dar vueltas las sábanas se habían desacomodado y ahora sus pies tocaban la cobija de lana, entonces invadida por el desespero tiró sábanas y cobijas al suelo y maldijo en voz baja todo cuanto pudiera aumentar su calor y no pudiera disminuir su tristeza.

Hizo lo que hacía para intentar no dejar pasar sus recuerdos. Palabras que le gustaban: Damasco, crispeta, vicario, odalisca, glucosa, crujiente, obscuro, golosina, amalgama. No. Sus ojos ¡No! Que reflejaban el sol de una manera particular. Cambió de posición. Ahora aplastó la almohada sobre su rostro, estaba caliente, ahogó un suspiro y un sollozo. No iba a poder contenerse por mucho tiempo, el llanto estaba a punto de ahogarla...¡No! Tal vez con otra tanda de palabras, tal vez abriendo la ventana, pero si abría la ventana se escucharía la música de los vecinos que no quería escuchar, entonces no la abriría. Tal vez leyendo o escribiendo.

La señorita Cecilia tomó una libretica que mantenía cerca de su cama, el lapicero que había junto al vaso con agua y escribió: "La vida es una enorme temporada de duelos.", dejó a un lado la libreta murmurando: "Y yo estoy harta de hacerlos."
A vos se te pegaron mis palabras, a mí se me pegaron tus silencios.

jueves, 20 de marzo de 2008

Verdad en medias

Nada es para siempre.

martes, 18 de marzo de 2008

El viejo de la silla de madera

Tranquila señorita, no son más que palabras. No hay porqué sufrir tanto, no son más que palabras, de verdad. Acomodadas de tal manera que parecen relevantes en exceso, pero mirándolo bien, no son más que historias de las que a veces nos toca ser personajes. Además, no es un gran secreto que todo escenario muta, así que tenga paciencia y sepa que no son más que palabras. Asumidas de tal manera que parecen hirientes en exceso, pero que son sólo emociones pasajeras disfrazadas con sonidos. Impulsos caprichosos que mezclados con la polución y las otras circunstancias duelen... pero pasan. Créame señorita que los años no son en vano.

Ríase un momento de la poca importancia que todo ésto podría tener si fuera usted un payaso en vez de una estrella de rock and roll. Cómo cambiaría la situación, ¿no? Le mostraría los dientes al público y las lágrimas serían de pintura negra y se verían sobre el resto de la cara blanca, insignificantes. ¿No le gustaría intentar? Aunque no lo hiciera por mucho tiempo, probar qué se siente no darle tanta importancia a todo, ¿no? Porque señorita, ésto que usted ve, todo ésto, no son más que palabras que los humanos hemos sobrevalorado para sentirnos importantes en esta tierra que poco nos necesita. Créame señorita, que los viejos sabemos esas cosas, de verdad.

jueves, 14 de febrero de 2008

Pensó que el trabajo estaba bien hecho, hasta que un día miró por la ventana y se encontró con que había un cementerio de esperanzas allí. Todos estos años, ocultando duelos sin dejar rastro que seguir y ahora se enteraba de que los esfuerzos poco habían servido porque estaban sepultadas en su jardín todas esas promesas sin cumplir, detrás de las matas de albahaca, a la vista de los vecinos.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Inmóvil

No voy a mover un solo músculo para aliviar la ansiedad. Nada. Inmóvil, sin gesto alguno impreso en el rostro, omitiendo la mayor cantidad de veces posibles el movimiendo involuntario de los pulmones. No voy a tomar la iniciativa, es más, voy a intentar ignorar todo asomo de acción porque he decidido que no estoy lista para abandorar esta duda para optar por otra. Quiero ver cómo harán para enredarme sin mi ayuda, ¿qué culpa le van a echar a mi silencio? Y no intenten tocarme, arrastrarme a otro lugar, ni siquiera con palabras, porque mis pies no se van a ensuciar de otra tierra.

miércoles, 6 de febrero de 2008

-Yo dije que esperaras, no que me esperaras.

sábado, 2 de febrero de 2008

Los jugadores

Es una jugadora y por momentos lo olvida todo. Todo lo que había pensado para pensar lo que pensaba, los caminos que había usado para llegar hasta esos pensamientos, las palabras con las que se los había explicado a sí misma y a los otros. Llega a olvidar incluso, por qué vive. Y entonces alguien llega y le roba un beso recordándole que vive porque vivir a veces resulta increiblemente placentero. De repente, en medio de una botella de ron, nota que vive porque no es más que tirar los dados de noche y a la mañana siguiente pararse en el gran tablero con fichas enormes y edificios de cemento donde una nueva pirueta de eventos retorcidos la esperan para que ella tome una decisión. Luego viene la parte más emocionante del juego: esperar. Porque no se sabe tan rápido si la jugada fue o no fue inteligente, sólo se revela la respuesta cuando ha pasado cierto tiempo. A decir verdad, a veces tiene que pasar mucho tiempo, y algunos expertos teóricos en este magnífico juego aseguran que las jugadas siempre terminan siendo favorables, porque los hábiles jugadores logran convenserse de que así es. Logran encontrarle un sentido al sufrimiento (cualquier sentido). Es más, si algo bueno llega a pasarles luego a los jugadores éstos sonríen satisfechos pensando: "¡Pero claro! Para ésto fue que me detuve a llorar tres meses, para llegar justo a tiempo a éste momento, que lo vale todo, incluso el dolor del pasado. ¡Cómo no se me había ocurrido antes!". Y así.
Notarán lo complejo de los jugadores y entonces, entenderán también porque a veces ella lo olvida todo.

viernes, 1 de febrero de 2008

Instrucciones

Nota: Hay dos entradas antiguas que acompañan ésta: Borrador y De trapo

Amalia se miró un largo rato en el espejo tratando de que la imagen ocupara el lugar de los ruidosos pensamientos que no la dejaban tranquila, hasta que notó que, además de su bulla, provenían sonidos bruscos del sótano donde vivía su madre. Bajó las ecaleras de la casa pensando en Cristina García, que queriendo huir tanto como lo quería no se había ido lejos y no comprendió porqué una vez tomada la desición optó por el sótano de la casa. Pero bueno, finalmente no era su problema cómo lo había hecho su madre sino cómo lo haría ella. La encontró moviendo la cama y más delgada que dos semanas atrás cuando Papá había programado una cena familiar para contarse cómo le iba a cada uno. Cena que había sido desastrosa: pastas semi crudas y una conversación forzada.

Cristina, había instalado una puerta y abierto varias ventanas al sótano cuando decidió mudarse allí y aunque Amalia lo había discutido muy poco con ella, le decía a veces que iba a terminar enferma de vivir en un sótano lleno de libros constitucionales y revistas esotéricas, sabiendo que su madre, pese a todo, lo prefería a seguir durmiendo al lado del hombre posesivo y amoroso con el que la había concebido años atrás. "Yo no quiero irme de la casa. Te vería muy poco. Y no quiero volver a la situación de antes. Tú sabes que esa es la manera en que quiere tu padre, haciendo preguntas, exigiendo respuestas, regalándote un chaleco antibalas, pero yo necesito aire y por lo menos aquí el aire es sucio pero es mío". Amalia entendía. ¡Cómo no iba a hacerlo si ella también quiería irse!

Y el problema no era querer irse, los problemas eran otros: no sabía a donde podía llegar, cómo moverse, es decir, no sabía cuáles eran las instrucciones para escapar. Había leído alguna vez las instrucciones para llorar y se le daba bien la práctica. Claro que no lloraba ya hacía un buen tiempo porque se sentía fuerte últimamente. Ayudaban las ocacionales visitas de Francisco, la confianza que le producía a pesar de los malditos problemas en los que la dejaba, pero era la sensación de estar acompañada por alguien que la creía capaz de estar sola y estar bien. La clase de literatura que tomaba era también un alivio, otra manera de libertad. Podía respirar mejor. Acomodar sus aspiraciones a esa vida cotidiana, porque ahora sabía bien que no sólo iba a partir pronto, sino que era esa su decisión. No su destino, no su propósito en la vida, no lo que dictaba Dios, no el ejemplo a seguir, no la norma, sino su voluntad. Haría su voluntad. Irse a los lugares de los que tanto había escuchado en las conversaciones de la cafetería que coleccionaba como piedras preciosas encontradas por casualidad. Irse para sentir qué era la vida sin un lazo en el cuello, sin los deseos de su padre puestos debajo de la almohada cada noche antes de dormir.

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