jueves, 14 de febrero de 2008

Pensó que el trabajo estaba bien hecho, hasta que un día miró por la ventana y se encontró con que había un cementerio de esperanzas allí. Todos estos años, ocultando duelos sin dejar rastro que seguir y ahora se enteraba de que los esfuerzos poco habían servido porque estaban sepultadas en su jardín todas esas promesas sin cumplir, detrás de las matas de albahaca, a la vista de los vecinos.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Inmóvil

No voy a mover un solo músculo para aliviar la ansiedad. Nada. Inmóvil, sin gesto alguno impreso en el rostro, omitiendo la mayor cantidad de veces posibles el movimiendo involuntario de los pulmones. No voy a tomar la iniciativa, es más, voy a intentar ignorar todo asomo de acción porque he decidido que no estoy lista para abandorar esta duda para optar por otra. Quiero ver cómo harán para enredarme sin mi ayuda, ¿qué culpa le van a echar a mi silencio? Y no intenten tocarme, arrastrarme a otro lugar, ni siquiera con palabras, porque mis pies no se van a ensuciar de otra tierra.

miércoles, 6 de febrero de 2008

-Yo dije que esperaras, no que me esperaras.

sábado, 2 de febrero de 2008

Los jugadores

Es una jugadora y por momentos lo olvida todo. Todo lo que había pensado para pensar lo que pensaba, los caminos que había usado para llegar hasta esos pensamientos, las palabras con las que se los había explicado a sí misma y a los otros. Llega a olvidar incluso, por qué vive. Y entonces alguien llega y le roba un beso recordándole que vive porque vivir a veces resulta increiblemente placentero. De repente, en medio de una botella de ron, nota que vive porque no es más que tirar los dados de noche y a la mañana siguiente pararse en el gran tablero con fichas enormes y edificios de cemento donde una nueva pirueta de eventos retorcidos la esperan para que ella tome una decisión. Luego viene la parte más emocionante del juego: esperar. Porque no se sabe tan rápido si la jugada fue o no fue inteligente, sólo se revela la respuesta cuando ha pasado cierto tiempo. A decir verdad, a veces tiene que pasar mucho tiempo, y algunos expertos teóricos en este magnífico juego aseguran que las jugadas siempre terminan siendo favorables, porque los hábiles jugadores logran convenserse de que así es. Logran encontrarle un sentido al sufrimiento (cualquier sentido). Es más, si algo bueno llega a pasarles luego a los jugadores éstos sonríen satisfechos pensando: "¡Pero claro! Para ésto fue que me detuve a llorar tres meses, para llegar justo a tiempo a éste momento, que lo vale todo, incluso el dolor del pasado. ¡Cómo no se me había ocurrido antes!". Y así.
Notarán lo complejo de los jugadores y entonces, entenderán también porque a veces ella lo olvida todo.

viernes, 1 de febrero de 2008

Instrucciones

Nota: Hay dos entradas antiguas que acompañan ésta: Borrador y De trapo

Amalia se miró un largo rato en el espejo tratando de que la imagen ocupara el lugar de los ruidosos pensamientos que no la dejaban tranquila, hasta que notó que, además de su bulla, provenían sonidos bruscos del sótano donde vivía su madre. Bajó las ecaleras de la casa pensando en Cristina García, que queriendo huir tanto como lo quería no se había ido lejos y no comprendió porqué una vez tomada la desición optó por el sótano de la casa. Pero bueno, finalmente no era su problema cómo lo había hecho su madre sino cómo lo haría ella. La encontró moviendo la cama y más delgada que dos semanas atrás cuando Papá había programado una cena familiar para contarse cómo le iba a cada uno. Cena que había sido desastrosa: pastas semi crudas y una conversación forzada.

Cristina, había instalado una puerta y abierto varias ventanas al sótano cuando decidió mudarse allí y aunque Amalia lo había discutido muy poco con ella, le decía a veces que iba a terminar enferma de vivir en un sótano lleno de libros constitucionales y revistas esotéricas, sabiendo que su madre, pese a todo, lo prefería a seguir durmiendo al lado del hombre posesivo y amoroso con el que la había concebido años atrás. "Yo no quiero irme de la casa. Te vería muy poco. Y no quiero volver a la situación de antes. Tú sabes que esa es la manera en que quiere tu padre, haciendo preguntas, exigiendo respuestas, regalándote un chaleco antibalas, pero yo necesito aire y por lo menos aquí el aire es sucio pero es mío". Amalia entendía. ¡Cómo no iba a hacerlo si ella también quiería irse!

Y el problema no era querer irse, los problemas eran otros: no sabía a donde podía llegar, cómo moverse, es decir, no sabía cuáles eran las instrucciones para escapar. Había leído alguna vez las instrucciones para llorar y se le daba bien la práctica. Claro que no lloraba ya hacía un buen tiempo porque se sentía fuerte últimamente. Ayudaban las ocacionales visitas de Francisco, la confianza que le producía a pesar de los malditos problemas en los que la dejaba, pero era la sensación de estar acompañada por alguien que la creía capaz de estar sola y estar bien. La clase de literatura que tomaba era también un alivio, otra manera de libertad. Podía respirar mejor. Acomodar sus aspiraciones a esa vida cotidiana, porque ahora sabía bien que no sólo iba a partir pronto, sino que era esa su decisión. No su destino, no su propósito en la vida, no lo que dictaba Dios, no el ejemplo a seguir, no la norma, sino su voluntad. Haría su voluntad. Irse a los lugares de los que tanto había escuchado en las conversaciones de la cafetería que coleccionaba como piedras preciosas encontradas por casualidad. Irse para sentir qué era la vida sin un lazo en el cuello, sin los deseos de su padre puestos debajo de la almohada cada noche antes de dormir.

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