jueves, 10 de abril de 2008

En una de las casas, la del garaje grande, vivía Guzmán, un hombre que seguro iba a morirse de gordo. Todos los días desayunaba pasteles de manzana en la panadería de la esquina, bautizada "El Edén" por él mismo, y los reposaba enseñando en el Colegio por las mañanas y escribiendo libros acerca de la antimateria por la tarde. En las noches leía cualquier revista. Sólo en las que Isabel pasaba en casa de Guzmán (porque su tío tenía que hacer alguna diligencia o había conocido alguna mujer) el hombre rompía los rituales impuestos por la rutina. Se acostaba tarde contando cuentos, se esmeraba cocinando para los dos, sacaba de las alacenas los condimentos condenados al encierro por la soledad que casi siempre podía verse a través de las ventanas de la casa del garaje grande. El resto del tiempo Guzmán comía, no hacía nada, o discutía con su vecina, Matilde Henao.

Matilde Henao, dueña de la casa pequeña, era viuda, retirada y algo desocupada. Ocasional consejera de bufetes de abogados solamente. Una mujer bastante tranquila, pero que había desarrollado el talento de enojar a su vecino y de dejarse enojar por él, sobre todo cuando después de saludarse cortésmente alguno mencionaba cualquiera de los temas sobre los que jamás habían llegado a un acuerdo, dando paso a una riña que a pesar de estar desteñida por el uso, lograba aún ser apasionada. Los temas en cuestión eran generalmente: la hiedra de Guzmán que se estaba empezando a comer la reja de Matilde, la mujer que Guzmán debía conseguir antes de que la diabetes lo dejara ciego para que a Matilde no le tocara cuidarle la vejez y sobre todo: Isabel.

Isabel vivía en la casa de ventanas naranjadas. Era apenas una niña y no podía hablar. La cuidaba su tío Federico que trabajaba desde la casa y así, además de hacer dinero acompañaba y enseñaba lo que podía a su sobrina. Cuando tenía que salir la dejaba con sus vecinos, viejos solitarios, que no sabían cómo agradecer la presencia de la niña de ojos grandes que no pronunciaba palabra, pero que sabía escuchar mejor que nadie. Isabel, además, pintaba con crayolas, tizas, tinto, jugo de mora y así, con cualquier cosa que pudiera dejar un rastro.

Una noche, Federico recibió una llamada de Ángela, una amiga suya, diciéndole que un dolor de cabeza estaba a punto de volvérsela pedazos y que necesitaba a alguien que pudiera llevarle las medicinas a su casa, ya que ella no podía moverse . Federico preocupado, se ofreció para llevárselas y pensando en el frío que hacía afuera y en que probablemente no tardaría mucho, pidió a Isabel no salir de la casa y esperarlo tranquila. Matilde le había regalado a Isabel una caja de colores enorme, así que Federico sugirió a su sobrina quedarse pintando un rato, mientras él volvía.

Cuando Guzmán escuchó la moto que salía, pensó con tristeza que seguramente esta vez había sido Matilde la afortunada y con algo de envidia miró por la ventana hacia la casa pequeña buscando a Isabel y a su vecina que seguramente estarían armando algún rompecabezas o entretenidas en medio de una historia acerca de las épocas doradas de la Doctora Henao. Pero las luces estaban apagadas. Entonces Guzmán volvió a su sillón y esperó a que la curiosidad disminuyera para seguir leyendo. Como no lo hizo, fue hasta la casita del lado y tocó el timbre. Por la cortina de la habitación principal se asomó Matilde con cara extrañada y minutos después abrió la puerta.

-¿Y esto?
-Buenas noches doctora, ¿cómo está?
-Bien Profesor, gracias. ¿Se puede saber a qué se debe la visita?
-¿Está con Isabel?
-¿Con Isabel? No. Yo vi que Federico salió en la moto y como no me la trajo supuse que estaba con usted. ¿No estaba con usted?
-No, conmigo no la dejó.
-¿Entonces con quién?
-¿Y no salió con ella?
-No, en la moto sólo estaba él.
-¿Entonces?

Los dos pensaron un momento y decidieron buscarla. El parque del lado de la quebrada, debajo de las lámparas, debajo de las sillas, dentro de las otras casas, no Isabel no estaba. Isabel no estaba en ninguna parte. Y el desespero de los viejos crecía a medida que los lugares se agotaban. No Isabel no estaba aquí ni allá. Regresaron dispuestos a ingeniarse otro plan o encontrar otro lugar en donde buscar o avisarle a Federico si ya había llegado. Y apenas se aproximaban a sus casas vieron a Isabel parada frente a la puerta de la casa de Guzmán. El hombre y la mujer corrieron muy rápido y la abrazaron pero la niña apenas lograba comprender el alboroto. Isabel intentaba señalar su casa para responder a la incesante pregunta de dónde había estado, pero era inútil.

-Seguramente Federico le dijo que fuera por ella y se le olvidó. ¿O si no por qué estaba delante de su casa? ¡Irresponsable!

- Federico no me dijo nada a mí. No sé porqué estaba delante de mi casa. Se lo diría a usted y seguro está tratando de desviar la atención hacia mí. Por primera vez la "doctora" olvidó algo...

Discutieron y discutieron. Matilde tomó a Isabel de un brazo y dijo que se la llevaba con ella. Guzmán la tomó del otro y se opuso. Isabel se sacudía de un lado a otro. "¡Usted es un irresponsable, se viene conmigo!", "Estaba delante de mi casa, quería venir a mi casa". Cada uno la jalaba cada vez con más fuerza mientras Isabel intentaba decir que la soltaran, pero las palabras no salían de la boca de la pequeña, intentaba zafarse de las manos de los adultos, pero no tenía tanta fuerza, y algo empezaba a dolerle y Matilde la quería para ella y Guzmán para él y jalaron con tanta fuerza que Isabel se rompió.

Se escuchó como si alguien hubiera dejado regar el silencio de los hoyos negros en la cuadra. Guzmán y Matilde bajaron sus miradas y vieron a la niña con los ojos cerrados, la boca abierta y rota, sangrando sin parar. Guzmán la tomó en sus brazos, asustado, y sin pensar siquiera corrió hacia en Hospital con Matilde tras él, llorando sin consuelo.

La sala de urgencias tenía varias personas dentro iluminadas por las luces de neón que dan ese tono de muerta a la gente. Guzmán entró empujando la puerta, con las manos y la camisa llenas de sangre. "¡El Doctor Gaviria por favor! Que alguien lo llame, ¡por favor!". Una de las enfermeras de turno al ver el estado de la niña y del hombre que la cargaba corrió hasta las salas de operación, volviendo con el Doctor Gaviria.

-¿Qué le pasó a Isabel?
-La rompimos- respondió Matilde que acababa de llegar ahogada por el llanto y la carrera.

El doctor entró a cirugía inmediatamente. Guzmán y Matilde no se miraban, no hablaban, una sensación de vacío y de ardor en el estómago los devoraba a ambos. Héctor Gaviria salió mirando el suelo blanco de la sala.

-Está muerta - dijo el doctor con los ojos perdidos. Una sonrisa leve se apoderó de su boca que habló como sin querer- La abrimos para mirar qué tan profunda era la herida... Isabel estaba hecha de música, mañanas y melancolía.

jueves, 3 de abril de 2008

Por amor a los gatos.

Angelito urbano, te prometí un regalo y aquí está.
Se llama Tequila y es tan mugroso como hermoso.



miércoles, 2 de abril de 2008

La luz ya estaba apagada

La señorita Cecilia se acostó. No estaba cómoda: hacía calor y estaba triste. Se metió entre la sábana y el colchón. Intentó ponerse sobre un costado, luego sobre la espalda, sobre el otro costado, sobre la esplada. No funcionaba y de tanto dar vueltas las sábanas se habían desacomodado y ahora sus pies tocaban la cobija de lana, entonces invadida por el desespero tiró sábanas y cobijas al suelo y maldijo en voz baja todo cuanto pudiera aumentar su calor y no pudiera disminuir su tristeza.

Hizo lo que hacía para intentar no dejar pasar sus recuerdos. Palabras que le gustaban: Damasco, crispeta, vicario, odalisca, glucosa, crujiente, obscuro, golosina, amalgama. No. Sus ojos ¡No! Que reflejaban el sol de una manera particular. Cambió de posición. Ahora aplastó la almohada sobre su rostro, estaba caliente, ahogó un suspiro y un sollozo. No iba a poder contenerse por mucho tiempo, el llanto estaba a punto de ahogarla...¡No! Tal vez con otra tanda de palabras, tal vez abriendo la ventana, pero si abría la ventana se escucharía la música de los vecinos que no quería escuchar, entonces no la abriría. Tal vez leyendo o escribiendo.

La señorita Cecilia tomó una libretica que mantenía cerca de su cama, el lapicero que había junto al vaso con agua y escribió: "La vida es una enorme temporada de duelos.", dejó a un lado la libreta murmurando: "Y yo estoy harta de hacerlos."
A vos se te pegaron mis palabras, a mí se me pegaron tus silencios.

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