miércoles, 2 de abril de 2008

La luz ya estaba apagada

La señorita Cecilia se acostó. No estaba cómoda: hacía calor y estaba triste. Se metió entre la sábana y el colchón. Intentó ponerse sobre un costado, luego sobre la espalda, sobre el otro costado, sobre la esplada. No funcionaba y de tanto dar vueltas las sábanas se habían desacomodado y ahora sus pies tocaban la cobija de lana, entonces invadida por el desespero tiró sábanas y cobijas al suelo y maldijo en voz baja todo cuanto pudiera aumentar su calor y no pudiera disminuir su tristeza.

Hizo lo que hacía para intentar no dejar pasar sus recuerdos. Palabras que le gustaban: Damasco, crispeta, vicario, odalisca, glucosa, crujiente, obscuro, golosina, amalgama. No. Sus ojos ¡No! Que reflejaban el sol de una manera particular. Cambió de posición. Ahora aplastó la almohada sobre su rostro, estaba caliente, ahogó un suspiro y un sollozo. No iba a poder contenerse por mucho tiempo, el llanto estaba a punto de ahogarla...¡No! Tal vez con otra tanda de palabras, tal vez abriendo la ventana, pero si abría la ventana se escucharía la música de los vecinos que no quería escuchar, entonces no la abriría. Tal vez leyendo o escribiendo.

La señorita Cecilia tomó una libretica que mantenía cerca de su cama, el lapicero que había junto al vaso con agua y escribió: "La vida es una enorme temporada de duelos.", dejó a un lado la libreta murmurando: "Y yo estoy harta de hacerlos."

3 comentarios:

Jennifer Argáez U. dijo...

Un chocolate para la señorita Cecilia, aunque yo no tengo el don para saber cuál es su favorito

Camila Avril dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Vanessa dijo...

negrita... yo entiendo
pues... a la Señorita Cecilia

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