jueves, 7 de agosto de 2008

Pequeñísima

No encuentra a su mamá, déjenla tranquila, es muy pequeña todavía, necesita a alguien que la abrace siempre, ¿tiene que ser su mamá?, no sé, no importa, déjenla llorar para que cuando crezca tenga pulmones fuertes y pueda bajar hasta el fondo de la Piscinita en San Andrés sin tanque de oxígeno, yo digo que la paren, que es terrible ver esas lágrimas barrigonas bajando por sus mejillas rojísimas. Samuel entra en la sala. Nos mira a todos. Se da cuenta de que llevamos más de quince minutos discutiendo acerca del llanto de Salomé. Parece preocupado por nuestra descomunal ignorancia. Samuel camina sus pasos cortos hasta el cuarto de Roberto, va por la guitarra pequeña que está en el closet, sale del cuarto, atravieza el círculo de adultos estúpidos que miramos a Salomé y se la entrega. Listo. Ya está. Las lágrimas barrigonas se han detenido. Salomé sólo sabe llorar así cuando Samuel y su guitarra se van de su lado.

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