jueves, 30 de octubre de 2008

Cerrados. Abiertos.

Gabú estaba despierto, pero no abrió los ojos durante un buen rato. Respiró despacio debajo de las sábanas, sintió el latir de su deforme corazón, escuchó el silencio abrumador de su pequeño apartamento y el canturreo de la vecina del piso de arriba; despegó los dedos de su mano derecha y una vez estuvo listo para recibir el día, despegó también sus párpados para encontrarse con unos bonitos ojos que lo esperaban con las pupilas dilatadas.

lunes, 13 de octubre de 2008

Clarín y la monita Clara

Clarín era feliz, feliz. Tenía pequeñas fatalidades para mencionar, pero en términos generales lograba caminar con cierta calma por las calles polvorientas que rodeaban su casa. Había crecido acumulando algunos rencores contra las hormigas que caminaban sobre los restos de comida que guardaba en las noches para comer por la mañana, se había desilusionado profundamente de las brujas y de dios (tanto que ahora lo escribía con minúscula) y no podía escuchar hasta el final las historias en donde morían conocidos. Sin embargo resistía valiente la vida y procuraba tenerle paciencia.

Pero había días en que a pesar de algunos unguentos que le había recomendado su abuela, a Clarín le dolía la vieja cicatríz que le había dejado la monita Clara con su ausencia. Un beso chiquito y adiós. Pensaba en ella cuando hacía mucho viento y recordaba las tardes que pasaba contándole cuentos cerca del acantilado. La había conocido un día en la casa de su abuelo porque la monita Clara era hija de una profesora que frecuentaba al Viejo. Cuando la vio no pensó que fuera mayor cosa, pero a fuerza de hacerse compañía en las visitas que se hacían los adultos, la monita Clara fue adquiriendo el importante lugar de "compañera de juegos de avión" en la vida de Clarín. Después de la tercera visita, ya se ponían los sombreros de la tía Celina y procedían a montar la hamaca del patio de la casa del Viejo. Clarín movía con fuerza el pedazo de tela azul clara, abría los brazos, y recitaba alturas y temperaturas descabelladas que hacía reir a la monita Clara hasta las lágrimas. Con el tiempo dejaron de verse porque ya no había porqué ir a acompañar a los adultos. Pero se reencontraron en el Colegio cuando la monita Clara llegó a vivir al pueblo. Fue esa la época de los cuentos en el acantilado.

Clarín recordaba la mañana en que se enteró de que iba a irse y de cómo supuso que no iba a dolerle en lo absoluto. Es difícil concebir el dolor. "Me voy en bus", dijo ella. "Claro, los aviones son sólo para jugar conmigo", le respondió Clarín. Pero cuando la monita Clara salió de su casa con las maletas y los baúles después de despedirse de él, se le abrió una herida delgadita, como lana, que dolía a veces cuando hacía mucho sol y Clarín recordaba las manos sudorosas que apesar del bochorno no se soltaban.

domingo, 5 de octubre de 2008

¿Creer algo?

"...la sabiduría es fidelidad a la condición humana."

La Resistencia, Sábato.

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