viernes, 5 de diciembre de 2008

Rogelio se ha dejado caer

Rogelio se sienta en una silla de madera al frente de su casa. Le da la espalda. Se acomoda en la silla y saca de su bolsillo un cigarrillo. Lo enciende con paciencia. Alguna lágrima se le escapa. Recuerda a su novia de la juventud, sus vestidos de colores, la extraña manía de no salir a la calle sin sombrero, su cáncer de piel. A sus padres, muertos en un accidente de avión. A su hermano, que ha dado la vida por su familia, y que vive tranquilo en la casita que se ve en la montaña del frente. A su hijo que ahora debe estar levantándose para ir a la universidad en el frío de las mañanas canadienses. La vida lo ha dejado solo y algo aporreado. Ninguna herida visible, tan solo otra lágrima.

Su mujer era cálida, inteligente y fuerte como el ron. Se conocieron por ahí y fueron construyendo la vida como quien no quiere la cosa, como sin darse cuenta. Con la naturalidad propia de las personas que viven para el presente y sin muchas expectativas, haciéndose compañía no más, hasta esta tarde en la que Rogelio saca la silla de su casa para no acordarse de la muerte de Rosa.

“¡Cuidado con los abismos!” le grita Juancho, su mejor amigo de la infancia que ha ido a hacerle la visita. Se abrazan y Rogelio siente como algo de calor vuelve a su interior. “No te vayas a caer”. Entran a la casa y preparan algo de tomar. Conversan hasta que se enfría. Rogelio toma un trago, recuerda a su mujer y siente cómo el vacío, propio de las alturas, se apodera de él.

Rogelio se ha dejado caer.

1 comentario:

Santiago G-B dijo...

Definitivamente el fuego que cargas en la mente es tan fuerte, que te ha teñido el pelo de rojo.

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