sábado, 24 de enero de 2009

Pensó que había algo de terrible en la vida que llevaba, siempre escondiéndose, siempre en las trincheras improvisadas de la ciudad o en su silencio o su palabrería. Algo de patético también. Siempre pensándose como el que debía mantenerse lejos, el que debía bajarse de la acera para que otros pasaran y lo miraran con la superioridad propia de quien deducía el cúmulo de inseguridades que mal disimulaban sus ojos. Siempre cediendo su lugar en el bus, siempre bajando la cabeza, simpre olvidándose y mirando el paisaje para concederle más importancia a cualquier otra cosa y así admirarla un rato, un cigarrillo, una cuadra. Temiendo que cualquier tonto lo notara de pronto para entablar una conversación en la que los silencios compartidos e incómodos se sucedieran sin tregua hasta sacar de alguno de los dos una promesa de llamar o verse pronto. O peor aún, que un sabio lo abordara para darle algunas recomendaciones que lo ayudaran a abandonar el caótico ser en el que se había convertido con el paso de los años, los cambios de moda y los cambios de gobernantes. Condenado a ignorar perpetuamente lo que temía y no sabía enfrentar.

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