sábado, 24 de enero de 2009

Pensó que había algo de terrible en la vida que llevaba, siempre escondiéndose, siempre en las trincheras improvisadas de la ciudad o en su silencio o su palabrería. Algo de patético también. Siempre pensándose como el que debía mantenerse lejos, el que debía bajarse de la acera para que otros pasaran y lo miraran con la superioridad propia de quien deducía el cúmulo de inseguridades que mal disimulaban sus ojos. Siempre cediendo su lugar en el bus, siempre bajando la cabeza, simpre olvidándose y mirando el paisaje para concederle más importancia a cualquier otra cosa y así admirarla un rato, un cigarrillo, una cuadra. Temiendo que cualquier tonto lo notara de pronto para entablar una conversación en la que los silencios compartidos e incómodos se sucedieran sin tregua hasta sacar de alguno de los dos una promesa de llamar o verse pronto. O peor aún, que un sabio lo abordara para darle algunas recomendaciones que lo ayudaran a abandonar el caótico ser en el que se había convertido con el paso de los años, los cambios de moda y los cambios de gobernantes. Condenado a ignorar perpetuamente lo que temía y no sabía enfrentar.

4 comentarios:

yo no me llamo javier dijo...

ola, veo uno que otro espejo y me sonrojo.

chauu

Anónimo dijo...

feliz cumpleaños!
nunca desearé nada más hacia ti que tú espíritu y tú boca nunca dejen de sonreír!

cuídate!
lou

Caperucita Roja dijo...

Carry, te deje algo en mi blog. Se llama un viaje.

Jennifer Argáez U. dijo...

Sé que hay algo de una sonrisa inolvidable...me gustó! Ponlo!

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