viernes, 13 de marzo de 2009

Plaza San Martín

La vieja, mira al hombre que se dispone a tomar una siesta en esta tarde de verano, fresca porque se acerca el otoño. No lo culpa, hay brisa, los árboles florecidos hacen que el parque parezca acogedor y el hombre tiene las ojeras propias del sueño acumulado. Se siente algo triste la vieja. Primero, por la imagen del tipo este que parece no tener una casa cerca y ser un inmigrante más que trabaja duro para quién sabe qué. Ella, blanda por los años, se imagina una familia, unos niños, una casita pequeña, limpia y logra enternecerse tanto por sus pensamientos que hasta siente que los ojos se le llenan de lágrimas. Luego bosteza.

El hombre, lejos de los pensamientos que lo incluyen, pone su termo, su mate, su bolso en el suelo y estira sus piernas totalmente para quedar acostado en la tercera banca, contando desde las escaleras. Pronto se queda dormido y se acomoda.

La vieja, ve cómo el tipo se voltea, dándole la espalda al camino peatonal, monta un pie y una mano sobre el espaldar de la silla en la que se encuentra y abraza cariñosamente su cama improvisada. La vieja vuelve a su pequeña tristeza. Ahora, por sentir que no puede hacer algo como lo que hace el tipo aquel.

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