viernes, 15 de mayo de 2009

75 Rojo

Me senté en el autobus al lado de una chica preciosa. Ojos claros, una bufanda amarrada al cuello, cordones de colores, una mirada esquiva, las mejillas rojas por el frío y nada más. Me alegró el privilegio de que fuera mi vecina. Escuché con atención su respiración, parecía cansada. "Está creciendo", me dije, "y seguro ayer se dio cuenta de que no puede, de que no sabe, de que tiene que asumirlo y seguir". Después de unos minutos escuché un suspiro. "No es fácil", me dije de nuevo ahora tendado a entablar una conversación con la chica. Se secó una lágrima. Le ofrecí un pañuelo. La chica sonrió y se negó, "Sólo una lágrima, nada más", me dijo tranquila. Ahora mi interés era mayor. La chica tenía una chispa particular en las ojos, un dejo extraño al hablar. Permaneció un buen rato demasiado concentrada en las costuras de la silla del frente. Contuve la respiración dos segundos y concentré la energía para que salieran las palabras. "Permiso, bajo aquí", dijo la chica y al abrir la puerta del autobus sentí como el viento frío se llevaba la conversación que no había pasado y me dejaba un desagradable vacío en el estómago que se quedó conmigo hasta llegar a casa.

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