jueves, 2 de julio de 2009

Tierra querida

Nunca había pensado que cada banano que me he comido hasta hoy (con algunas excepciones) provenía del suelo enmarcado dentro de la línea que determina los bordes de Colombia.
Hasta hoy se me ocurre que debo una enorme gratitud a los hombres y mujeres que se preocupan porque esos bananos crezcan y lleguen hasta un lugar en donde yo pueda tomarlos y comerlos. Así como debo una enorme gratitud a los señores que se parten el cerebro (y a veces se destruyen la vida) tratando de encontrar respuestas a los problemas que deterioran la vida de los que pisan el suelo que en los mapas le corresponde al nombre de Colombia. Claro, ellos a su vez deben también una enorme gratitud al suelo fértil que les ha permitido comer, a las manos que han construído casas para protegerlos, a las voces que les han dado canciones para cantar y sentirse contenidos y protegidos en este mundo que, en realidad, no es más que tierra dividida por líneas imaginarias.

Así que hasta hoy, después de veinte años, me doy cuenta de la deuda que tengo con esa tierra, de la que me hicieron memorizar, que está bañada por dos Océanos, tiene distintos pisos térmicos, diversidad de flora, fauna, y una bandera tricolor.

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