viernes, 31 de diciembre de 2010

Circular

Circulares, infinitas, cuatro ideas volvían a su cabeza cuando sus manos no estaban ocupadas en sobrevivir. La terrible y paranoide ilusión de que sería asesinada en una esquina por un revolver negro y una sarta de insultos que anularían por completo de su espíritu la esperanza de confiar en sus semejantes; el deseo de golpear a la gente que aprovechaba las curvas para tocarla en los buses; el recuerdo de un chico noble que la había querido sin mesura en su ciudad natal con ojos dulces, paciencia y caricias que la invitaban a descansar en su ternura; y volvía y volvía el presentimiento de que el revolver apuntaría a su pecho en un día caluroso e impaciente después de que sus cinco dedos se hubieran marcado en el rostro del hombre asesino que escucharía su último deseo, su última súplica... que quien la había amado no la olvidara.

Naranja

Hoy que te he visto he recordado las lágrimas que salían entre tus pestañas lisas, negras, largas, tus dedos cabezones limpiándolas, tus risas de burla, de chiste, de inquisición, de Colegio religioso.
He recordado tu voz clara y altiva cantando canciones que alguna vez escuchaste a tus padres.
He recordado tus ideas acerca del fondo del mar.

Hoy que te he visto he recordado todo acerca de mí.

martes, 26 de octubre de 2010

Del silencio que ha llegado


Ha llegado el silencio y no se va. La respiración de los dragones y los suspiros de todos los humanos se me han atascado entre los pulmones y la boca sin dejar pasar ni una sola letra en español. Inhalo una bruma que habita invisible el aire que me rodea. Fallo una y otra vez al pretender hablarte. Tus gestos desmedidos nadan en el espacio preguntando, voluptuosos, que ha pasado con las palabras y yo, en este mundo lento al que entré sin querer, con la lengua inmóvil y sin regalos para darte en forma de jerigonzas o acertijos, parpadeo con fuerza para que vengas aquí dentro, conmigo, sin intentar saber más de este silencio que ha llegado en forma de tarde.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Vito en los sueños


En medio de la explanada encontramos un árbol frondoso, verde, con flores pequeñas y frutos redondos. Laura se para bajo sus ramas más cercanas. Podemos imaginar su extensión, pero no verla. Sus enormes brazos han crecido desmedidamente y jugamos en su sombra. Laura parece bailar a veces, otras moverse simplemente siguiendo el viento, pintando con su pelo negro líneas que se mezclan con el amarillo intenso de las flores.


Lejos suena un estallido cualquiera y yo aprovecho para contarle a Laura de la señora judía que se sentaba en una colina a cantarles melodías a sus hijos y nietos mientras ellos recogían en baldes metálicos los escombros de la guerra. Intentamos hablar de la guerra, pero no sabemos qué decir.


Laura, que cuelga de un fruto grande, me habla de la muerte. Me dice que ruega por morir del corazón y que presiente que así será. Yo prefiero no decirle que temo tanto morir en la violencia que confundo el miedo con el presentimiento. Le digo entonces que su corazón es sano y jóven, que no es momento de pensar en eso. Laura arranca el fruto del que cuelga y otro para mí. Abrimos pequeños rotos en la piel de las esferas jugosas y comemos para no hablar más del otro estallido que ahora suena más cerca.

lunes, 23 de agosto de 2010

Jardín

Para John Agard y Grace Nichols

Riego mis flores,

Una a una.

Miro mi jardín despacio.

Huelo mi jardín, preguntándome.

Inhalo... un poco,

Despacio...

La menta, el azul de la casa,

El naranja del techo,

El aire de las montañas que
me premia por tanta fe
que he puesto en ellas.

Riego mis flores.

Lloro cada una.

martes, 3 de agosto de 2010

En ocasiones me siento perdida en este pueblo.
Quiero llegar a tu casa,
pero no sé si debo irme por el puente
o por el parque.

Quiero encontrarte en la esquina,
pero en la esquina hay minutos, mangos,
empanadas, gomitas, banditas para el pelo,
cervezas en lata o canciones de rap.
Y no tienen noticias tuyas.

Quiero gritar en las calles
como la gente con botellas en las manos y saliva en la boca.
Pero aturdo a un tipo con mala cara
y bajo el volumen.

Quiero saber que hago bien
intentando llegar a tu casa,
pero nadie me lo dice.

lunes, 26 de julio de 2010

Arango

Dice Gonzalo.

"Lo que no se lucha, mi querido Alberto, no se conquista".

martes, 6 de julio de 2010


Yo me busco en vos. Y vos en mí.

Cadena

Con el dolor terrible que se permitía sentir latiéndole en los ojos le dijo con calma: "Perdoname", y ella con esa terrible manía egoísta, cruel y perfecta le dijo que no, y la besó después.

miércoles, 30 de junio de 2010

Primera panelita.

GANADOR DEL PRIMER PUESTO EN LA 11° VERSIÓN DEL CONCURSO CAMINOS DE LA ESCRITURA, UNIVERSIDAD EAFIT, 2010

Un pequeño círculo blanco entra a la boca de Mario y baja por su garganta. “Listo, la de hoy está lista”. Guarda con cuidado en el segundo cajón la caja de pastillas y se va a sentar en la sala para disfrutar del periódico del día.

Mario voltea la tercera página y mira la alacena con puertas de madera. Espera unos instantes. Se dirige sigiloso hasta ella. Busca una mirada que lo descubra, pero no la encuentra. Nadie lo ve. Todos han salido de la casa a triunfar, a buscar con qué llenarse la boca. Al pensar en sus hijos recuerda el aire de piedad que últimamente ronda en sus miradas cuando se le acercan. Se enoja. Está viejo, nada más. Mario abre despacio las compuertas de la alacena para evitar el suave chillido que producen. Ahí está la caja redonda y, dentro de ella, dos dulces de coco y panela. Deseo, tentación, duda: un cuadrado rugoso que, indiferente, lo provoca. Se asegura de estar solo nuevamente y al comprobarlo queda vulnerable ante el veneno de las “panelitas”. Saca la primera. La come entera. Cierra las compuertas. Es culpable.

Angélica, su esposa, entra a la casa mientras Mario va camino a la sala, mirando fijamente el periódico que lo salvará de tener que enfrentarla a los ojos. Angélica lo saluda amorosamente y él finge un aburrimiento propio de mañana de lunes. Su mujer satura el ambiente con palabras y palabras que cuentan de las filas del banco, los precios del mercado, de Don Pablo, el de la farmacia, que mandó a preguntar por los triglicéridos de su amigo. “¿Cuál Pablo?”, pregunta Mario. “El esposo de Nora”, “¿Cuál?”, “El de la farmacia de la esquina, la azul”. Mario recuerda de quién está hablando su mujer, un gran tipo ese Pablo. Angélica le pregunta si ya se tomó la pastilla, “¿Cuál pastilla?”, “La de los triglicéridos mi amor”, “Ah…no, no me la he tomado hoy”. Se abre el segundo cajón de la cocina y suena el regaño con el tono repetitivo que hace que las palabras pierdan sentido antes de llegar a los oídos de Mario.

Angélica se acerca sonriente con la pastilla y un vaso de jugo de naranja en las manos. Su actitud pacífica cambia repentinamente. “¡Carajo!”, piensa él. Angélica le quita de la comisura de los labios un trozo de coco acaramelado. Indignada, deja la pastilla y el jugo sobre la mesa y se va. La inunda un sollozo, pero lo contiene hasta que sale de la mirada de su esposo. Mario la mira con tristeza y luego mira con tristeza la alacena pensando en la otra panelita, en la que no se comió.

¡Tanto drama por un par de confites! Las mujeres son exageradas, es un hecho. Mario intenta convencerse de que no es para tanto, pero encuentra involuntariamente el tiquete que trajo Angélica de la Farmacia. Mira el número que dice cuántos cientos de miles de pesos le cuesta a su familia y el sabor del coco se le desvanece de la boca. Sabe que debe cuidarse, es por su bien, debe esforzarse por mantenerse alejado de los dulces, de las harinas, comer exactamente lo que dice el médico y repiten sus hijos con paciencia.

Angélica entra a la sala echándose crema en las manos y con los labios recién pintados. Coge su bolso y se dirige a la puerta para salir. La rabia de unos instantes atrás no ha quedado en el pasado, pero su actitud es distinta. Nota en ella la misma piedad que hay en los ojos de sus hijos. “La cita con el psicólogo es mañana y no se te olvide hacer los ejercicios”. “Yo sé, a las 9 de la mañana hay que estar allá”. Angélica lo besa y se va en silencio.

Mario abre su periódico. Lee la segunda página del diario, hace un par de comentarios al aire acerca de la situación del país, de un criminal que ha sido absuelto, del Presidente al que quieren reelegir. Niega con la cabeza, absorto en sus ideas. Ve la pastilla que hay sobre la mesa y recuerda que debe tomársela. La toma, el círculo pequeño y blanco entra en su boca y baja por la garganta. Para pasar, toma un poco de jugo de naranja que le deja un terrible sabor ácido en la boca. Debería comerse un dulce. Uno sólo está bien, no le hará daño, menos si es el primero del día.
Mario camina hasta la alacena. Abre las compuertas de madera. Se come una panelita.

jueves, 10 de junio de 2010

Elecciones 2010

Fragmento de "Primavera con una esquina rota", de Mario Benedetti.

“A veces los muchachos tienen un valor a prueba de balas, y sin embargo no poseen un ánimo a prueba de desencantos. Si al menos yo y otros veteranos pudiéramos convencerlos de que su obligación es mantenerse jóvenes. No envejecer de nostalgia, de tedio o de rencor, sino mantenerse jóvenes, para que a la hora del regreso vuelvan como jóvenes y no como residuos de pasadas rebeldías. Como jóvenes, es decir, como vida.”

sábado, 3 de abril de 2010

El sueño te toma por partes. Te abrazo, a falta de una cobija para ponerte encima. Respiras. El aire te embarga y yo imagino el recorrido que hace por tus deseos, por tus silencios, por tus venas hasta volver a salir. Mi mano, puesta sobre tu costado, se eleva despacio y baja sin querer. Sonrío porque vives y yo estoy cerca para celebrarlo. Los músculos, antes tensos, listos para nadar en el río, para saltar o curar las heridas que te hago sin querer, ahora descansan. Miro tu espalda. Me gusta. Siento cómo tus brazos se van haciendo más grandes y se van acercando más al suelo. El ritmo que te mueve se hace más lento, se une por un momento con el sonido de las chicarras. Duermes, y yo cierro los ojos para perseguirte y dormir también.

domingo, 21 de febrero de 2010

Esto es culpa de Gonzalo Arango y del puñal con el que me quitaron las cositas.

Este Valle de aburrá y de lágrimas, mi ciudad rodeada de montañas y de tristezas, hoy me mira soleada y me sopla ese vientecito perfecto que lleva años practicando. Está tan hermosa como siempre, llena de gracia, de anoréxicas monas, de perfumes frutales, de gente esperanzada y persistente, de dolor y de miseria, de traquetos, motos, camisetas coloridas e incomprensión. Me queda grande esta ciudad que hoy me mira, como retándome, como preguntándome por mí.

Me persiguen sus prejuicios de vieja hipócrita, sus manías de ladrona, de mala compañera para la calma, de sirvienta a intereses de otros más grandes y menos tristes. Yo intento sostenerle la mirada a Medellín, pero me quedo corta de valentía y de inteligencia para amarla tal y como es.

viernes, 5 de febrero de 2010

Domingo en la madrugada.

Ejercicio de Ficción

Domingo mira sus manos. Son ellas lo que más conoce de sí mismo, con su rostro sólo se topa en el espejo. Son distintas a lo que eran hace un tiempo, unos años para ser más precisos. No se inquieta, le gusta comprobar en sus dedos, en sus uñas, que ha sabido usar el tiempo para transformar todo aquello que se ha opuesto a sus diminutas pero arraigadas convicciones (terminó por creer, después de haberse nombrado ateo de todos los posibles dioses, en algunas ideas sobre el mundo y los demás). Se siente bien en general mirando sus manos, pero la placentera sensación no dura mucho ya que irrumpe con la mañana un detestable cantar de pajaritos que desvía sus ideas por otros rumbos y Domingo se pregunta por un rumbo que lo inquieta sin una razón particular: "¿Dónde estará Daniela?"

Daniela fue Daniela a su lado por un tiempo, hace unos años para ser más precisos. No sabe qué lo lleva a ese recuerdo específico y no al de tantas otras mujeres en las que podría pensar, pero lo cautiva y dedica unos minutos a intentar componer a Daniela. El olor de su cuello, la sensación de la piel de su espalda, el sonido de sus enormes pestañas al cerrarse, de su enorme boca al sonreír, la intuición de sus firmes pasos y su pelo seco cerca. Pero no lo logra. Así que Domingo vuelve a mirar sus manos, extrañado, buscando en ellas lo que ha quedado de Daniela y ahí está.

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