domingo, 21 de febrero de 2010

Esto es culpa de Gonzalo Arango y del puñal con el que me quitaron las cositas.

Este Valle de aburrá y de lágrimas, mi ciudad rodeada de montañas y de tristezas, hoy me mira soleada y me sopla ese vientecito perfecto que lleva años practicando. Está tan hermosa como siempre, llena de gracia, de anoréxicas monas, de perfumes frutales, de gente esperanzada y persistente, de dolor y de miseria, de traquetos, motos, camisetas coloridas e incomprensión. Me queda grande esta ciudad que hoy me mira, como retándome, como preguntándome por mí.

Me persiguen sus prejuicios de vieja hipócrita, sus manías de ladrona, de mala compañera para la calma, de sirvienta a intereses de otros más grandes y menos tristes. Yo intento sostenerle la mirada a Medellín, pero me quedo corta de valentía y de inteligencia para amarla tal y como es.

viernes, 5 de febrero de 2010

Domingo en la madrugada.

Ejercicio de Ficción

Domingo mira sus manos. Son ellas lo que más conoce de sí mismo, con su rostro sólo se topa en el espejo. Son distintas a lo que eran hace un tiempo, unos años para ser más precisos. No se inquieta, le gusta comprobar en sus dedos, en sus uñas, que ha sabido usar el tiempo para transformar todo aquello que se ha opuesto a sus diminutas pero arraigadas convicciones (terminó por creer, después de haberse nombrado ateo de todos los posibles dioses, en algunas ideas sobre el mundo y los demás). Se siente bien en general mirando sus manos, pero la placentera sensación no dura mucho ya que irrumpe con la mañana un detestable cantar de pajaritos que desvía sus ideas por otros rumbos y Domingo se pregunta por un rumbo que lo inquieta sin una razón particular: "¿Dónde estará Daniela?"

Daniela fue Daniela a su lado por un tiempo, hace unos años para ser más precisos. No sabe qué lo lleva a ese recuerdo específico y no al de tantas otras mujeres en las que podría pensar, pero lo cautiva y dedica unos minutos a intentar componer a Daniela. El olor de su cuello, la sensación de la piel de su espalda, el sonido de sus enormes pestañas al cerrarse, de su enorme boca al sonreír, la intuición de sus firmes pasos y su pelo seco cerca. Pero no lo logra. Así que Domingo vuelve a mirar sus manos, extrañado, buscando en ellas lo que ha quedado de Daniela y ahí está.

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