sábado, 23 de abril de 2011

Aprender a aguantar.
Todos me lo advirtieron.
Papá, mamá, amigos.
"Aprender a sufrir es importante".

Resistir, poner la otra mejilla,
pasar por la injusticia
o por la incertidumbre
como se pasa por el bosque
o por la casa de un vecino.

Cerrar los ojos,
respirar profundo,
contar,
romper papel,
sonreír, trotar,
tragar saliva o lágrimas,
hacer bromas que ridiculicen la situación,
visualizar la solución del problema,
confiar en dios,
confiar en el destino,
confiar en uno mismo...

Evitar los gritos y los lamentos.
Tener cuidado de ocultar que duele el pecho
y aplicar la técnica ancestral de la resignación.
Seguir adelante,
sin dar tiempo al miedo
o la rabia.

Debí aprender mejor.
Así no molestaría a nadie.

miércoles, 20 de abril de 2011

Roja y lunareja

"Me la llevo", declaré. Pequeña, rectangular, páginas cremosas, pasta roja con lunares color marfil. Guardé la libreta en mi bolso, soñando escribir en sus papeles perfectos algo valioso, frases que pudieran sacar una confesión silenciosa a su lector, una mueca desgarradora o una carcajada. Algo que ni siquiera podía imaginar aún, pero que soñaba cada vez que veía la superficie roja y pecosa.

Por ser bella, decidí no guardarla en un cajón o en un armario, sino llevarla conmigo para observarla cuando me fuera posible y disfrutar la textura rugosa de su portada cuando encontrara la ocasión, semana tras semana, esperando escribir en ella algo, algo bueno, algo que no se me ocurría.

Después de un tiempo los recibos, los volantes callejeros, el mecato barato y el celular, desplazaron la libreta y en algún momento que no recuerdo, la saqué de mi cartera.

Hoy la descubrí asomada entre una pila de libros académicos. Feliz de verla, la abrí apresurada soñando su pureza. La primera hoja seguía siendo perfecta, pero la siguiente y las siguientes, estaban atiborradas de números telefónicos, listas de actividades y de mercado, rayones de lapicero quedándose sin tinta y una enorme cara feliz dibujada por una compañera de clase.

Mi madre, exaltada y molesta por el valor que concedo a estas pequeñeces, al pasar por mi habitación y cruzarse con mi rostro aterrado, me regala, para consolarme, un par de hojas cuadriculadas, cada una, atravesada por el nombre gris y diagonal de una empresa de seguros.

Triste, recorro de nuevo mi sagrado objeto, haciendo un duelo sincero al escrito maravilloso que nunca existió en sus páginas, mientras mi madre grita desde lejos que le entregue el librito que tengo entre las manos para aliviar, por fin, la cojera bailarina de la mesa del comedor.

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