miércoles, 20 de abril de 2011

Roja y lunareja

"Me la llevo", declaré. Pequeña, rectangular, páginas cremosas, pasta roja con lunares color marfil. Guardé la libreta en mi bolso, soñando escribir en sus papeles perfectos algo valioso, frases que pudieran sacar una confesión silenciosa a su lector, una mueca desgarradora o una carcajada. Algo que ni siquiera podía imaginar aún, pero que soñaba cada vez que veía la superficie roja y pecosa.

Por ser bella, decidí no guardarla en un cajón o en un armario, sino llevarla conmigo para observarla cuando me fuera posible y disfrutar la textura rugosa de su portada cuando encontrara la ocasión, semana tras semana, esperando escribir en ella algo, algo bueno, algo que no se me ocurría.

Después de un tiempo los recibos, los volantes callejeros, el mecato barato y el celular, desplazaron la libreta y en algún momento que no recuerdo, la saqué de mi cartera.

Hoy la descubrí asomada entre una pila de libros académicos. Feliz de verla, la abrí apresurada soñando su pureza. La primera hoja seguía siendo perfecta, pero la siguiente y las siguientes, estaban atiborradas de números telefónicos, listas de actividades y de mercado, rayones de lapicero quedándose sin tinta y una enorme cara feliz dibujada por una compañera de clase.

Mi madre, exaltada y molesta por el valor que concedo a estas pequeñeces, al pasar por mi habitación y cruzarse con mi rostro aterrado, me regala, para consolarme, un par de hojas cuadriculadas, cada una, atravesada por el nombre gris y diagonal de una empresa de seguros.

Triste, recorro de nuevo mi sagrado objeto, haciendo un duelo sincero al escrito maravilloso que nunca existió en sus páginas, mientras mi madre grita desde lejos que le entregue el librito que tengo entre las manos para aliviar, por fin, la cojera bailarina de la mesa del comedor.

3 comentarios:

SPG dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
SPG dijo...

Imagínate esto:
Una persona abre por primera vez en cinco años un paquete de boliquesos. Sabe que es el único al que tendrá acceso en mucho mucho tiempo. Recuerda que le encantaban cuando era niño, así que se come uno por uno sus boliquesos, con cuidado, sin afán, sin compartir, ensuciándose los dedos. Cuando termina, mira sus manos y contento, extrae con su boca ese sabor naranjado que quedó en la yema de sus dedos, tratando de aprovechar al máximo lo que le queda.
Así me sentí leyendo esto. ¡Delicioso!

Godeloz dijo...

Recordé de inmediato La noche del oráculo de Paul Auster. En esa novela el narrador compra una hermosa libreta azul de Lisboa. Se convierte en un tótem para él. Un catalizador indispensable para la novela que tiene entre manos, la historia de un hombre que renuncia a su vida para encontrar la épica. Sin embargo, el devenir de esa historia está ligado a la libreta, sin una nueva libreta azul de Lisboa es imposible seguir escribiendo. Leo este post y pienso en ese libro, en lo mucho que me hubiera gustado leer las páginas finales de esa libreta azul. Conocer la existencia de tu libreta me hace creer que será posible que el azar ponga delante de mí esos desenlaces ignorados.

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