miércoles, 6 de marzo de 2013

Resbaladizos

Veo los niños caer al suelo.
Llorar al caer.
Algunos se rompen la frente,
otros sólo se golpean las manos.
Pasan a los brazos de su madre
o de su padre
o de una señora voluminosa que los carga
y los reconforta.

Los niños se preparan para el dolor,
el signo indeleble de la vida.
Se acostumbran, con un poco de suerte,
a compartir con él las noches y el café,
y a rogar en adelante
por unos brazos amables que vengan a reconfortarlos.

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