miércoles, 16 de julio de 2014

Frutos rojos

Hierve el agua en la taza de cerámica blanca.
El borde tiene un tramo rugoso. Está rota. 
Tomo un te rojo.

He dejado el café para calmar la cabeza
olvidando que la cabeza siempre encuentra
-a pesar del te o el café-
cómo torturar:
el rostro, cubierto a medias
la luz ensuciando su belleza
la camisa de siete botones en el suelo.

Tomo un sorbo largo y se me quema la lengua.
No lo noto. Me anestesian las ideas.
El líquido caliente me ampolla.
No lo noto. Estoy rota.

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