miércoles, 23 de diciembre de 2015

Todo se está desmoronando

El primer temblor fue fuerte pero no nos alarmó. Luego vino el otro y el otro. Cada uno más intenso que los anteriores. Temblaron todos los continentes. Las noticias llegaban de un país, a las horas de otro. Diego y yo, de los primeros, nos enteramos por facebook. Pero la desconexión ahora es total. Queda la radio y se ocupan solamente de lo que ocurre aquí, ya no hay tiempo para Nepal, ni para Seúl ni para Brasil. Con lo que pasa en Colombia, con la cantidad de gente muerta y de edificios caídos, ya las noticias no alcanzan para cubrirlos a todos con su mantico de condolencia. ¿Cómo no se han muerto ellos? Me pregunto siempre que los escucho hablar a través del radio que era de mi papá.


Yo decidí ir a Armenia. Diego todavía está enojado. Igual siempre fuimos tan independientes pero ahora es distinto, él me insistió para que no me fuera, quería que estuviéramos juntos todo el tiempo posible antes del próximo temblor, antes de todo lo que va a pasar, que está claro que va a pasar. Antes de que no seamos más que cráneos bajo escombros. Pero no me podía quedar sin venir a Armenia.


Lo de mis papás fue rápido porque estaban en el edificio de once pisos de la abuela. Yo ni tiempo tuve de estar triste. Como había que pensar en buscar un sótano, tan escasos aquí, o en irse a otro lugar, no se pudo estar triste. Hay una especie de resignación muy profunda y casi cómplice que ahora se ve en las calles. También se ven casas hechas trizas, gente serena que ya se entregó a la idea de la muerte, carros abandonados y gente haciendo cosas (cogiendo por ahí en un parque, corriendo sin ropa o llorando), personas que aprovechan para hacer lo que les quedó haciendo falta, como yo, que voy a Armenia.


Hay otros que siguen haciendo su oficio. Esos me dan más curiosidad que los otros porque están aferrados a la rutina de toda la vida y no saben hacer otra cosa, entonces van a trabajar como si no se estuviera acabando este mundo. Qué asqueroso es el fin de nuestro mundo. No hay suficiente gente para limpiar las calles de los cuerpos podridos y parece que los gallinazos no sufren con las caídas de los edificios. Sólo nosotros.


Lo primero que Diego me preguntó fue por qué me iba a Armenia y yo traté de explicarle pero no fui capaz. Ni en estas circunstancias soy capaz. Me inventé que por una cosa de la niñez que quería recuperar, muy importante para mi. ¿Qué cosa? Un libro. ¿Qué libro? Uno que leí cuando era chiquita y era de mi abuela, un librito de poemas que ella tenía. Mentirosa. Diego me conoce. Dejame ir que necesito ir. ¿Por qué? Porque si. Suspiró y me dijo que si me daba la gana de morirme aplastada por una montaña era mi problema. Yo creo que quizo decir tu puto problema, pero se comió la palabra en el último instante porque no quería empezar a discutir.


Por un momento tuve la estúpida idea de irme a pie. No sé si por la cantidad de tonterías que uno empieza a pensar cuando ya vio que un banco, una iglesia, una fábrica se puede caer. Todo pierde sentido (como cuando uno repite muchas veces una palabra y ya después ni sabe qué es lo que quiere decir). Empieza uno a pensar, para qué un semáforo y para qué un supermercado.


Los supermercados por ejemplo están cerrados, la mayoría, por la cantidad de saqueos que hubo después del sexto temblor. Nosotros también saqueamos, pero en realidad fuimos afortunados porque Diego ha sido muy precavido y desde el segundo temblor fuerte, mercamos muchos enlatados. Él que se burla tanto de mis cantaletas sobre la intuición resultó teniendo mejor olfato que todos y gracias a esas provisiones sólo fuimos a saquear una vez. Y ya ni sé para qué porque no había casi nada. Nos tocó una lata de fríjoles antioqueños con tocino, una ensalada rusa enlatada y un tarrito de lecherita. De resto, sólo encontramos basura. Basura de plátanos y lechuga pisoteada en el suelo.


Al fin me vine en un bus, carísimo porque el transporte está aprovechando que la gente se quiere ir a otra parte a encontrar a sus familiares, aprovechando cualquier moneda antes de que se termine de caer esto. A mi me divierte que haya gente recogiendo plata todavía. ¿Para qué? Tendrán la esperanza de que alguien sobreviva y que la tierra deje de sacudirse y puedan volver a usar la plata para algo. Yo estoy segura de que no va a ser así, pero tampoco me voy a poner a predicarle a la gente en qué creer. Ya no.


Me dio temor dejar a Diego, porque el pronóstico del próximo temblor es para pasado mañana pero de todas maneras me vine. Antes de salir de la casa le prometí que iba a regresar lo más pronto que pudiera pero a él no le hizo gracia. ¿Qué necesidad tenés de ir allá? Tengo que ir, necesito ir. ¿En serio no me vas a contar a qué? No.


Para llegar a Armenia usualmente uno se gasta siete horas pero el viaje va a durar dos días porque las carreteras están obstruidas, hay derrumbes, ya muy poca gente está yendo a trabajar y los que todavía quedan se empeñan en seguir haciendo las cosas como antes entonces terminan entorpeciendo las pocas instituciones que todavía funcionan. La consecuencia es que todo se está desmoronando.


Ya casi vamos a llegar. Vamos siete personas en el bus y el chofer que desde que salimos de Medellín ha puesto vallenatos. “Te comeré a besitos nada más, desgastaría mis labios en tu piel”, suena en una memoria usb. El señor la ha repetido varias veces, se ve que le gusta y ya ni pena le da. Cuando llegamos a Armenia se agolpan otra vez los malos olores de la ciudad en la nariz. Qué asco: la sangre coagulada, el polvo, la basura, la enfermedad que huele también.


Empiezo a caminar para llegar a la casa donde crecí. Se me encalambran los brazos del susto, me suben las cosquillas desde el estómago hasta la cara y bajan en picada fría por los brazos y el torso. No he terminado de voltear por el parque y me sudan las palmas de las manos. Ahí se sentaba Eduardo. Me regalaba helado y me decía qué lindas piernas vas a tener cuando seas grande. Hasta cuando estaba mi papá a veces lo decía. Qué linda carita, qué lindo pelo, qué linda cinturita. Yo creo que lo de la cintura sólo lo dijo cuando mi papá ya estaba muy borracho y no podía escuchar. Ahora que lo pienso mi papá sólo se emborrachaba cuando venía Eduardo, su hermano favorito, el que había velado por él y por todos los hermanos cuando el abuelo se había ido de la casa. Eduardo, el tío más querido que le había ayudado a todo el mundo a salir adelante, el centro de las conversaciones de diciembre, por el que brindaban los hermanos cuando se juntaban, el mejor de todos, el representante de la familia.


Encuentro la casa en la mitad de la cuadra. Los vidrios del ventanal, al lado de la puerta, están quebrados. Se ve que alguien se metió a saquear. Entro por el mismo hueco que el ladrón. Escucho un zumbido agudo en la cabeza y me dan ganas de orinar. Se me acelera el corazón.  Mi papá no habría entendido. Habría dejado de hablar con él. Le habría contado a las tías y los primos. El chisme se habría regado, nadie habría vuelto a mirar a Eduardo. En las dificultades económicas no habríamos tenido ayuda, mi papá se habría enfermado más de los huesos, si pudo dejar de trabajar fue por Eduardo.    


Veo el que fue mi cuarto de niña. La cama sigue ahí. Miro la cama, la puerta, y noto que tengo la cara juagada en sudor y en lágrimas. No sé cuándo empecé a llorar. Ahora las lágrimas no se detienen. Él abrió la puerta. No, no la abrió. Sí, abrió la puerta y se acostó en mi cama. Si mi papá lo hubiera visto… la familia se habría partido en dos, en tres, en pedazos. No podía. La cama está tendida. A los ladrones no les interesan las cobijas y las colchas. O tal vez deben estar por volver a saquear el resto de la casa. Si mi papá hubiera entrado en ese momento. Si hubiera visto a Eduardo enrollándose en esa camita diminuta, enrollándose alrededor de mis piernas. ¿Dónde estaba mi papá? ¿Dónde estaba mi mamá? ¿Dónde están ahora? No están. Ya no están y por eso pude llegar hasta esta casa sin dar explicaciones. Las explicaciones que me pedían cada mes, cada año: ¿Por qué nunca volviste?, No he podido. Nunca pude.   


Lloro al lado de mi cama de pequeña. Miro el bombillo que está en el techo. Me doy cuenta de que ya no importa haber venido hasta Armenia. Nadie lo va a saber. Actúo de manera mecánica, el calor del llanto es más fuerte que mi capacidad de razonar. Grito con mucha fuerza mientras destiendo mi cama de niña. Me siento en ella. Me acuesto. Tengo la cara hirviendo. Grito otra vez. No de dolor ni de furia. Grito como si alguien me fuera a oir, en el cuarto de mis papás, al otro lado del corredor, pero no grito sus nombres. Sólo grito y grito y grito muy fuerte. Las lágrimas no salen de los ojos, salen de toda la cara, el grito lo arrojan también la nariz y los pómulos.

La tierra se sacude. El grito se detiene. Noto el pequeño temblor que empieza a desacomodar las cosas, ya esto no asusta a nadie. Me acurruco en la camita. Pienso en Diego. Sé que tengo que regresar. Pero todavía no tengo el más mínimo asomo de fuerza, sólo el eco del grito entre las sienes. La cara se me enfría despacio y el zumbido se empieza a ir. Miro cómo tiembla la sábana de mi camita, despacio, no con violencia, casi como si fuera el viento el que la moviera. Cierro los ojos y siento el arrullo del temblor ahora que todo se está desmoronando.  

jueves, 12 de noviembre de 2015

Tu nombre
en mi boca
es palabra
que sabe a herida.

martes, 3 de noviembre de 2015

Te bailo,
te pregunto,
te confundo,
pero nunca seré tuya
divina oscuridad.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

S

No eres la belleza.
No eres la libertad.
No eres la armonía.
No eres el camino a ninguna de ellas.
No lo eres.
Así a veces parezca que lo eres.
A todas esas cosas
se llega caminando en soledad.

La mejor

Yo no soy la mejor escritora que usted leerá. 
Como no lo soy 
(y sólo sé escribir)
la vergüenza vendrá sobre mi cuerpo
y lo roerá hasta dejarlo en huesos.

Mi madre tirará los huesos a un horno 
y me volveré ceniza 
(esa será la mejor parte). 

Cuando sea ceniza,
mi padre me arrojará cerca a un samán. 
Me mezclaré con el suelo fértil 
para hacerlo crecer 
y seré. 

Por fin...  
Sólo seré. 



Cómo será de pequeña nuestra tristeza
que para los pájaros pasa desapercibida.

jueves, 17 de septiembre de 2015

28


Es tu cumpleaños número 28. El tan esperado número 28. Mita abre sonriente la puerta de tu casa y me recibe con una copa de plástico que anuncia lo que será la noche. Mientras me guía por el pasillo irradia la misma alegría de tus novias adolescentes cuando llenaban tu cuarto de bombas coloridas en fechas como hoy. Aparecés, luego de Salomé y Daniel. "28 vueltas al sol mi querido Changuito", te digo. Me abrazás como a una hermana menor enjuta y recibís el libro que decidí regalarte. "Gracias Isa... ¡qué vejéz! ¿no?", "Horrible..." Entre risas volvés a abrazarme y yo suelto mi pequeña revelación de la velada: "El libro tiene una dedicatoria... para que sepás cuando lo vayas a abrir", "Por la noche miro", "Dale". Mejor. Mejor que no la leás todavía.

Te vas por el pasillo hacia la sala y yo te sigo hasta el centro del apartamento donde Mita está convocando a los invitados. "Bueno... ¡salud!" Llegamos los cuatro puntuales, llenamos las copas, tu la besas, sonríes, yo pienso en todo lo que tus novias de once meses ignoran de vos Changuito, casi todo. "¡Salud!", gritamos. Brindo con cada integrante del círculo: Salomé y su gorro de piñata; Daniel y su sonrisa coqueta; Mita y su collar de perlas; vos y tu nuevo año y tus ojos oscuros y tu mirada enrarecida. La piedra que se ha revolcado todo el día dentro de mi estómago empieza a flotar en vino tinto.


Recuerdo que la primera vez que mencionaste tu cumpleaños número 28 yo tenía 17 años. Estábamos, como cualquier día, caminando por el Parque de Belén. Mi trenza de hilo sobresalía en una melana descuidada y arrastraba las sandalias baratas de turno. Te miraba fijamente cada que hablabas. Me sé de memoria las gafas redondas que empezaste a usar cuando entraste a la Universidad, el gancho de nodriza que te ponías en la oreja derecha y tus sandalias baratas también. Entramos a una taberna ocupada en su mayoría por viejitos, compramos una cerveza, salimos de ahí y empezamos a conversar mientras caminábamos, nuestro pasatiempo de adolescentes sin dinero en los bolsillos. No sé cómo trajiste la muerte a la charla soleada, pero luego de diez cuadras de contar chismes sobre mis hermanas, tu perro, el viaje que querías hacer, llegamos a una banquita, tomaste tu cerveza y sentenciaste: "Isa... me voy a suicidar".


Yo solté una carcajada estruendosa, burlándome de tu manera dramática de ser. Pero vos no te reíste. Hiciste silencio y ya. Yo pregunté, supongo que lo natural: "¿Cómo así?". Vos recuperaste el tono habitual de la voz diciéndome que algún día me contarías el resto del plan, seguramente porque notaste que no quería hablar de tus tonterías, aunque después de eso ya no supimos de qué hablar, entonces continuaste. Dijiste que me debía preparar, porque un día te irías, con todo y para siempre. Mi enojo fue tal que salí caminando hacia una tienda dejándote solo, compré papitas de limón con los ojos encharcados esperando que no te aparecieras. Pero llegaste, como si nada, hablando del concierto de reggae al que iríamos el fin de semana, comiste de mis papas y para cuando terminamos el paquete ya todo había vuelto a la normalidad. Cuando llegué a mi casa, recuerdo que tomé la decisión consciente de olvidar para siempre tu tonta confidencia  y seguir como si nada.


“¡Isa, se te ve divino ese motilado!”. Mita es siempre halagadora. Le agradezco y busco algo para hacerle un cumplido también, pero la verdad, no sé qué le ves a Mita. Entonces lanzo un comentario de sus aretas y ella sonríe tomándote de la mano.  Vos la interrumpís: “Vení te muestro una cosa genial”, decís mirándome.

En tu biblioteca hay cuatro fotos de un cadáver café oscuro con un aspecto descompuesto: "¿Qué carajos es eso?", pregunto. "Una momia Isabel, ¿qué más? Se llama Otzi"- me decís, como si el cadáver fuera un familiar tuyo- "es una de las momias naturales más antiguas de la humanidad; lo encontraron congelado en Los alpes con ropa incluso". "¿Y?", te pregunto. "Estoy escribiendo un artículo sobre él para la revista; van a empezar a vender réplicas de sus zapatos en Colombia". "Dejá de ser tonto Chango, ¿quién va a comprar algo así?". Para responder a mis especulaciones sacás una lista de personas que ya los han ordenado y yo no soporto la tentación de pedirte que me guardés unos también. Te reís. Nos reímos. "¿Te pidieron el artículo o te lo encontraste?", "Me lo encontré y bacano, ¿no? Un muerto de 5.300 años que todavía tiene piel..."  

La palabra muerte fue tu favorita por un tiempo. En esa época, ya habíamos empezado a trabajar. De hecho, voy ya escribías para la revista y fuiste a visitarme un mediodía para comer un almuerzo ejecutivo al lado de mi oficina. Tu novia del momento te acababa de dejar y luego de meses de no prestarme atención, venías a llorar sobre el café. Estabas silencioso y terriblemente triste por Natalia, la única de tus parejas que yo había apreciado. Tenías los ojos más oscuros que nunca y entre las noticias de tu trabajo y el mío, hablaste de tu cumpleaños número 28. 

"Siempre le he tenido miedo al día en que cumpla 28 años... siempre he creído que ese día me voy a morir". Como era usual en estos casos, yo busqué cambiar el tema, pero esta vez no lo logré. Te daba el sol por detrás de la cabeza y como vos querías seguir hablando yo me concentré en el contraluz que te dejaba en las sombras. "Alguna vez te quise hablar del tema... ¿te acordás?", "No... no me acuerdo", dije. Me miraste sin miedo y seguiste. Hablaste de tus muñecas, del ardor que sentías en ellas cuando te daban las tristezas malucas, hablaste de las voces ofensivas que no podías controlar cuando te daba insomnio, hablaste del dolor que habías reprimido por muchos años. Se te salían las lágrimas (¡a vos!), hablaste de las palabras de tu madre, de sus gruñidos punzantes que te habían marcado como cuchillitos calientes, hablaste de Natalia, hablaste de su amor, hablaste del amor y como en un momento surreal, hablaste de las pastillas que estabas tomando para dormir y del impulso real que te rodeaba siempre de quitarte la vida. Yo, enmudecí.   

Creo que estuvimos en silencio más de media hora esta vez. Alguien llamaba a mi celular por una reunión que teníamos en la oficina. Yo no podía levantarme de la silla. Todo lo que dijiste luego lo hiciste con una resignación extraña. Te habías entregado en tu confesión y estabas descubierto. Parecías no tener nada nada de luz por dentro… nunca te había visto así. Como conclusión al tema, pusiste un billete sobre la mesa, te reíste y dijiste: “Tal vez en mi cumpleaños número 28”. Te fuiste y no te despediste.  Ese día Chango, perdí todas las reuniones y supongo que varios clientes. Semanas más tarde te envié en un mensaje de texto el número de la psicóloga de mi hermana, a pesar de que sabía que te enojarías. Lo hiciste, y me devolviste un mensaje que guardé por años: “Qué pena que te hayan tocado esas cosas mías, olvidalas porfa Isabel”.    

Ahora mismo te llega un mensaje. El ruido nos distrae de las fotos de Otzi. Aprovecho la pausa y te digo: "Está muy bacana la momia pero los cadáveres no me gustan". Me mirás burlándote. "Siempre Isabelita y su miedo a la muerte.... ¡qué bobada parce!". Yo te devuelvo una mirada indignada. En medio de tu euforia, de tu copa de vino, de los planes de tu novia rubia, vos también lo tenés presente... sabés que hoy es el día de todas tus amenazas... y sabés que tengo un miedo tonto, tal vez infantil, un miedo que ni yo misma me creo pero que ahí está. "Me han llegado mensajes todo el día"- decís- "hasta Natalina me escribió", "¿En serio? Qué bien". Mita abre la puerta de la biblioteca renegando: "Mor, deja de hablar de esa cosa por favor y ven ya para la sala".  Recibís la orden y le das un beso. ¿Qué hacés con esta mujer Chango, qué demonios hacés con ella, de qué hablan, qué te resulta atractivo? Mientras yo la miro, alzás la voz diciendo: "Acéptenlo las dos, ¡a mi me gustas los muertos!" Mita se sorprende: "¿Las dos?". Como vos te hacés el tonto, respondo yo: "Es que el Chango y yo hablábamos mucho de estas cosas antes". Mita respira aliviada y te lleva del brazo hacia la sala. Te aleja de la momia, del pasado y de mí.

En la sala, Daniel me conversa animado pero a pesar de su interés, yo no logro mantener en pie ninguna conversación con él porque te estoy buscando con la mirada y no sé qué te hiciste. Mita cambia los platos con aceitunas, con maní y se me acerca trayendo la deliciosa botella de vino. Sonríe, tanto, que asusta. Cuando está muy cerca, aleja a Daniel con un gesto mínimo y dispara: "Isa, la verdad yo creo que es mejor que te vayas", "¿Qué? ¿Por qué, pasó algo?". La piedra de mi estómago salta. "No, lo que pasa es que sinceramente yo creo que tu no le haces bien al ´Chango´, como tu le dices... después de que habló contigo se puso super raro... y siempre se pone así cuando te ve y pues... yo lo animo pero hoy ha estado muy aburrido y claro... habló con vos y se perdió todo lo que yo había hecho en el día".      

El año pasado estuviste en el hospital. Te operaron de apendicitis tardía. Mita ya estaba acercándose a tu vida, me acuerdo. En tu primer día de recuperación fui a verte y me recibiste con una sentencia: "Vos tenés todos mis secretos Isabel, pilas se los contás a alguien...". Yo me reí. "Ni siquiera cuando yo me muera usted puede contar nada; mejor dicho, cuando yo cumpla 28 años usted al otro día se esconde que mi mamá la empieza a llamar". "No digás eso Chango... no ves que estamos en una clínica". Tu recuperación fue eterna porque se te infectó la herida. Yo al principio intentaba estar, pero Mita decidió encargarse de todo, como hoy. 

Antes de salir de la casa todo la puerta de tu habitación. "Chango... abríme porfa". No respondés. Pregunto de nuevo: "¿Querés que me vaya?". Me preocupo. Si la rubia tiene razón, me voy entonces. Ahora resulta que yo soy la que te pone mal... claro, en este apartamento no hay nada del pasado, no está tu mamá, ni Nati, nada, de todo eso sólo quedo yo. Le digo a la puerta: "Javier... Chango... feliz cumpleaños... llamame la próxima semana para saber cómo te quedó el cuento de la momia". No sale ni una sola palabra del otro lado. 

Todos preguntan porqué me voy tan temprano. "El trabajo mio que es así, lo ponen a uno a trabajar un sábado de un momento a otro", repito aquí y allí. Todos asienten. Daniel se despide abrazándome fuerte. Finalmente, me acerco a Mita y le deseo suerte. Le pido que me llame para saber de vos. "Igual... pues, si algo, le decís que me llame él". Mita asiente con desagrado y empieza a cerrar la puerta. "¡Esperate!" (la piedra no falla). "Se me olvidó algo..." 

El libro envuelto en papel de regalo todavía brilla sobre la mesa entre los otros obsequios. Lo tomo entre las manos y doy al aire una explicación no pedida: "Mejor luego le doy otro libro... seguro este ya no le gustaría". Me voy con el paquete en la mano. Camino. Recorro los mismos lugares que antes caminábamos juntos, el barrio en el que hemos vivido desde chiquitos. Pienso que me pasé toda la vida ignorando tus presagios y tal vez hoy sea la última vez que te vi... y vos... no alcanzaste a leer mi dedicatoria.  

miércoles, 19 de agosto de 2015

Sólo soy de verdad
cuando soy de papel.

domingo, 26 de julio de 2015

Hay que ser un árbol, me dijo.
Un árbol bello,
que sea regalo,
que se pueda disfrutar con el tacto,
el olfato y la vista.
Con algunas flores,
de aroma simple,
que alegre
con su manera
perfecta
y profunda
de existir, me dijo.
Y al hacerlo,
fue mi sombra.

sábado, 20 de junio de 2015

Viaje de regreso

Viajo en un avión blanco y azul.
Contrasta con el cielo porque es de noche.
Mientras voy en él, pienso obsesivamente en un lapicero negro para escribir.
De tinta fina, de tinta mojada.
Pienso obsesivamente en la tinta que hay sobre mis dedos de la mano derecha porque mi último lapicero negro se derramó sobre ella.
Pienso obsesivamente en el tiempo que ha pasado entre el momento en el que el lapicero se derramó (ya en el avión) y el momento en el que jugábamos a escribir con él, juntos,
sobre las servilletas blancas y azules del aeropuerto.
Pienso obsesivamente en tocarte con esta mano sucia de tinta,
en tirarme del avión hacia la noche negra,
en aterrizar a tu lado,
en buscar contigo un lapicero fino
para escribir sobre aviones
en los que sí quiera volar.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Nunca un plan

Tengo un sol en el estómago. No es un sol propiamente, es una esferita pequeña pero tiene la misma forma que hemos decidido los humanos para el sol, entonces le digo sol. Es caliente y brilla. No siempre. Solo en ocasiones. Yo no tengo nada que ver con el artilugio. No sé de dónde vino, ni por qué está justo en mi estómago pero siempre ha estado ahí.

Noto que la gente se queda a mi lado en las conversaciones o en las filas, porque intuyen el sol (el calor por lo menos) y absorben su energía. Lo sé, lo percibo mientras me hablan. Tal vez ellos no. A veces piden tanto que durante días el pequeño objeto pierde su brillo y parece que no estuviera ahí. Yo lo extraño porque su tibia presencia, entre metálica y etérea, me ha acompañado desde que puedo acordarme.

Sólo cuando vuelve a sentirse- primero despacio, tímido, luego más intenso, muy intenso cuando hay otro sol cerca- la gente se me vuelve a acercar diciendo que quieren conversar.

Por años, la luz sólo alcanzó para ellos. Pero he tomado una decisión que no fue un plan, apareció como una determinación.

Voy a cerrar mis ventanas y mis puertas; y voy a hacerle silencio al pequeño sol, hasta encenderme.


martes, 12 de mayo de 2015

Como la maleza
creces por todas partes de mi mañana.
No importa cuantas veces quiera arrancarte.
Hoy todo amaneció vacío.
Los lulos maduros.
El piso. Las cortinas. Los vidrios.
Se acabaron las bolsas de basura incluso.
El aire amaneció frío
(tan raro en un domingo).
La mata de jade amaneció marchita,
y el frasco de café despicado.
Mi vacío se extendió sobre las cosas.

Niña león
domesticada con hierro
que llora con las rejas de hierro
los clavos y los tornillos de hierro
los marcos de las ventanas
y los rieles del tren.
Niña que llora
porque sabe que el león sigue vivo
y no descansarán
hasta acabarlo.


lunes, 11 de mayo de 2015

Mi cuerpo apunta hacia ti
(mi cuerpo que es la mejor brújula).
Mi deseo te busca paciente entre los mensajes que envías
(te mira escondido como un animal atraído por su instinto,
por su fuerza vital, por su lugar en el mundo).
Mi cuerpo sabe que, en últimas,
tu cuerpo es mi lugar en el mundo.

El animal

Somos hermanas.
Nos educó el mismo animal.
Como cachorros luchamos,
haciéndonos daño para afilar los dientes,
las garras.

El mismo animal
nos dio la misma misión:
no hacer ruido
pasar desapercibidas
no molestar
o molestar sin querer. 

Qué bien nos entrenó.
Qué bien nos dio el veneno.

Y me dices en los sueños que el veneno te ha hecho daño
que tienes el cuerpo enfermo
que te han salido verrugas
que no sabes cómo curarlas.

Me haces recitar qué he comido
todos los días
porque yo no tengo verrugas.

Pero sabes que comemos lo mismo,
que somos hermanas,
que vienen mis verrugas,
que nos educó el mismo animal enfermo.


miércoles, 28 de enero de 2015

Huye

Huye.
Corre lejos.
Huye de sus lenguas viciosas.
De sus lenguas porosas
que absorben el almíbar
y escupen,
te escupen,
si viene el sinsabor.

Huye de nosotros
y los ojos pálidos por las lágrimas
que te miran y te miran.

Huye de tu casa,
de sus muros,
de su hermoso jardín,
del olor a mango y limón.

Corre por tu vida.
Búscala.
Corre.
Huye de todos.

Corre lejos que me desmorono
y aplasto tu libertad
con los trozos que caen al suelo.

Corre lejos y huye de tu temor
hasta el desierto,
hasta la selva,
hasta la playa.

Huye 
y vuelve a ti.

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Mi foto
Medellín, Antioquia, Colombia