miércoles, 13 de mayo de 2015

Incendio

Tengo un sol en el estómago.
No es un sol propiamente,
es una esferita pequeña
pero tiene la misma forma
que hemos decidido los humanos para el sol,
entonces le digo sol.

Es caliente y brilla.
No siempre.
Solo en ocasiones.
Yo no tengo nada que ver con el artilugio.
No sé de dónde vino,
ni por qué está justo en mi estómago
pero siempre ha estado ahí.

Noto que la gente se queda a mi lado
en las conversaciones o en las filas,
porque intuyen el sol (el calor por lo menos)
y absorben su energía.
Lo sé, lo percibo mientras me hablan.
Tal vez ellos no.

A veces piden tanto
que durante días
el pequeño objeto pierde su brillo
y parece que no estuviera ahí.
Yo lo extraño porque su tibia presencia,
entre metálica y etérea,
me ha acompañado desde que puedo acordarme.

Sólo cuando vuelve a sentirse
- primero despacio, tímido,
luego más intenso,
muy intenso cuando hay otro sol cerca-
la gente se me vuelve a acercar
diciendo que quieren conversar.

Por años, la luz sólo alcanzó para ellos.
Pero he tomado una decisión
que no fue un plan,
apareció como una determinación.

Voy a cerrar mis ventanas y mis puertas;
y voy a hacerle silencio al pequeño sol,
hasta incendiarme.


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