jueves, 17 de septiembre de 2015

28


Es tu cumpleaños número 28. El tan esperado número 28. Mita abre sonriente la puerta de tu casa y me recibe con una copa de plástico que anuncia lo que será la noche. Mientras me guía por el pasillo irradia la misma alegría de tus novias adolescentes cuando llenaban tu cuarto de bombas coloridas en fechas como hoy. Aparecés, luego de Salomé y Daniel. "28 vueltas al sol mi querido Changuito", te digo. Me abrazás como a una hermana menor enjuta y recibís el libro que decidí regalarte. "Gracias Isa... ¡qué vejéz! ¿no?", "Horrible..." Entre risas volvés a abrazarme y yo suelto mi pequeña revelación de la velada: "El libro tiene una dedicatoria... para que sepás cuando lo vayas a abrir", "Por la noche miro", "Dale". Mejor. Mejor que no la leás todavía.

Te vas por el pasillo hacia la sala y yo te sigo hasta el centro del apartamento donde Mita está convocando a los invitados. "Bueno... ¡salud!" Llegamos los cuatro puntuales, llenamos las copas, tu la besas, sonríes, yo pienso en todo lo que tus novias de once meses ignoran de vos Changuito, casi todo. "¡Salud!", gritamos. Brindo con cada integrante del círculo: Salomé y su gorro de piñata; Daniel y su sonrisa coqueta; Mita y su collar de perlas; vos y tu nuevo año y tus ojos oscuros y tu mirada enrarecida. La piedra que se ha revolcado todo el día dentro de mi estómago empieza a flotar en vino tinto.


Recuerdo que la primera vez que mencionaste tu cumpleaños número 28 yo tenía 17 años. Estábamos, como cualquier día, caminando por el Parque de Belén. Mi trenza de hilo sobresalía en una melana descuidada y arrastraba las sandalias baratas de turno. Te miraba fijamente cada que hablabas. Me sé de memoria las gafas redondas que empezaste a usar cuando entraste a la Universidad, el gancho de nodriza que te ponías en la oreja derecha y tus sandalias baratas también. Entramos a una taberna ocupada en su mayoría por viejitos, compramos una cerveza, salimos de ahí y empezamos a conversar mientras caminábamos, nuestro pasatiempo de adolescentes sin dinero en los bolsillos. No sé cómo trajiste la muerte a la charla soleada, pero luego de diez cuadras de contar chismes sobre mis hermanas, tu perro, el viaje que querías hacer, llegamos a una banquita, tomaste tu cerveza y sentenciaste: "Isa... me voy a suicidar".


Yo solté una carcajada estruendosa, burlándome de tu manera dramática de ser. Pero vos no te reíste. Hiciste silencio y ya. Yo pregunté, supongo que lo natural: "¿Cómo así?". Vos recuperaste el tono habitual de la voz diciéndome que algún día me contarías el resto del plan, seguramente porque notaste que no quería hablar de tus tonterías, aunque después de eso ya no supimos de qué hablar, entonces continuaste. Dijiste que me debía preparar, porque un día te irías, con todo y para siempre. Mi enojo fue tal que salí caminando hacia una tienda dejándote solo, compré papitas de limón con los ojos encharcados esperando que no te aparecieras. Pero llegaste, como si nada, hablando del concierto de reggae al que iríamos el fin de semana, comiste de mis papas y para cuando terminamos el paquete ya todo había vuelto a la normalidad. Cuando llegué a mi casa, recuerdo que tomé la decisión consciente de olvidar para siempre tu tonta confidencia  y seguir como si nada.


“¡Isa, se te ve divino ese motilado!”. Mita es siempre halagadora. Le agradezco y busco algo para hacerle un cumplido también, pero la verdad, no sé qué le ves a Mita. Entonces lanzo un comentario de sus aretas y ella sonríe tomándote de la mano.  Vos la interrumpís: “Vení te muestro una cosa genial”, decís mirándome.

En tu biblioteca hay cuatro fotos de un cadáver café oscuro con un aspecto descompuesto: "¿Qué carajos es eso?", pregunto. "Una momia Isabel, ¿qué más? Se llama Otzi"- me decís, como si el cadáver fuera un familiar tuyo- "es una de las momias naturales más antiguas de la humanidad; lo encontraron congelado en Los alpes con ropa incluso". "¿Y?", te pregunto. "Estoy escribiendo un artículo sobre él para la revista; van a empezar a vender réplicas de sus zapatos en Colombia". "Dejá de ser tonto Chango, ¿quién va a comprar algo así?". Para responder a mis especulaciones sacás una lista de personas que ya los han ordenado y yo no soporto la tentación de pedirte que me guardés unos también. Te reís. Nos reímos. "¿Te pidieron el artículo o te lo encontraste?", "Me lo encontré y bacano, ¿no? Un muerto de 5.300 años que todavía tiene piel..."  

La palabra muerte fue tu favorita por un tiempo. En esa época, ya habíamos empezado a trabajar. De hecho, voy ya escribías para la revista y fuiste a visitarme un mediodía para comer un almuerzo ejecutivo al lado de mi oficina. Tu novia del momento te acababa de dejar y luego de meses de no prestarme atención, venías a llorar sobre el café. Estabas silencioso y terriblemente triste por Natalia, la única de tus parejas que yo había apreciado. Tenías los ojos más oscuros que nunca y entre las noticias de tu trabajo y el mío, hablaste de tu cumpleaños número 28. 

"Siempre le he tenido miedo al día en que cumpla 28 años... siempre he creído que ese día me voy a morir". Como era usual en estos casos, yo busqué cambiar el tema, pero esta vez no lo logré. Te daba el sol por detrás de la cabeza y como vos querías seguir hablando yo me concentré en el contraluz que te dejaba en las sombras. "Alguna vez te quise hablar del tema... ¿te acordás?", "No... no me acuerdo", dije. Me miraste sin miedo y seguiste. Hablaste de tus muñecas, del ardor que sentías en ellas cuando te daban las tristezas malucas, hablaste de las voces ofensivas que no podías controlar cuando te daba insomnio, hablaste del dolor que habías reprimido por muchos años. Se te salían las lágrimas (¡a vos!), hablaste de las palabras de tu madre, de sus gruñidos punzantes que te habían marcado como cuchillitos calientes, hablaste de Natalia, hablaste de su amor, hablaste del amor y como en un momento surreal, hablaste de las pastillas que estabas tomando para dormir y del impulso real que te rodeaba siempre de quitarte la vida. Yo, enmudecí.   

Creo que estuvimos en silencio más de media hora esta vez. Alguien llamaba a mi celular por una reunión que teníamos en la oficina. Yo no podía levantarme de la silla. Todo lo que dijiste luego lo hiciste con una resignación extraña. Te habías entregado en tu confesión y estabas descubierto. Parecías no tener nada nada de luz por dentro… nunca te había visto así. Como conclusión al tema, pusiste un billete sobre la mesa, te reíste y dijiste: “Tal vez en mi cumpleaños número 28”. Te fuiste y no te despediste.  Ese día Chango, perdí todas las reuniones y supongo que varios clientes. Semanas más tarde te envié en un mensaje de texto el número de la psicóloga de mi hermana, a pesar de que sabía que te enojarías. Lo hiciste, y me devolviste un mensaje que guardé por años: “Qué pena que te hayan tocado esas cosas mías, olvidalas porfa Isabel”.    

Ahora mismo te llega un mensaje. El ruido nos distrae de las fotos de Otzi. Aprovecho la pausa y te digo: "Está muy bacana la momia pero los cadáveres no me gustan". Me mirás burlándote. "Siempre Isabelita y su miedo a la muerte.... ¡qué bobada parce!". Yo te devuelvo una mirada indignada. En medio de tu euforia, de tu copa de vino, de los planes de tu novia rubia, vos también lo tenés presente... sabés que hoy es el día de todas tus amenazas... y sabés que tengo un miedo tonto, tal vez infantil, un miedo que ni yo misma me creo pero que ahí está. "Me han llegado mensajes todo el día"- decís- "hasta Natalina me escribió", "¿En serio? Qué bien". Mita abre la puerta de la biblioteca renegando: "Mor, deja de hablar de esa cosa por favor y ven ya para la sala".  Recibís la orden y le das un beso. ¿Qué hacés con esta mujer Chango, qué demonios hacés con ella, de qué hablan, qué te resulta atractivo? Mientras yo la miro, alzás la voz diciendo: "Acéptenlo las dos, ¡a mi me gustas los muertos!" Mita se sorprende: "¿Las dos?". Como vos te hacés el tonto, respondo yo: "Es que el Chango y yo hablábamos mucho de estas cosas antes". Mita respira aliviada y te lleva del brazo hacia la sala. Te aleja de la momia, del pasado y de mí.

En la sala, Daniel me conversa animado pero a pesar de su interés, yo no logro mantener en pie ninguna conversación con él porque te estoy buscando con la mirada y no sé qué te hiciste. Mita cambia los platos con aceitunas, con maní y se me acerca trayendo la deliciosa botella de vino. Sonríe, tanto, que asusta. Cuando está muy cerca, aleja a Daniel con un gesto mínimo y dispara: "Isa, la verdad yo creo que es mejor que te vayas", "¿Qué? ¿Por qué, pasó algo?". La piedra de mi estómago salta. "No, lo que pasa es que sinceramente yo creo que tu no le haces bien al ´Chango´, como tu le dices... después de que habló contigo se puso super raro... y siempre se pone así cuando te ve y pues... yo lo animo pero hoy ha estado muy aburrido y claro... habló con vos y se perdió todo lo que yo había hecho en el día".      

El año pasado estuviste en el hospital. Te operaron de apendicitis tardía. Mita ya estaba acercándose a tu vida, me acuerdo. En tu primer día de recuperación fui a verte y me recibiste con una sentencia: "Vos tenés todos mis secretos Isabel, pilas se los contás a alguien...". Yo me reí. "Ni siquiera cuando yo me muera usted puede contar nada; mejor dicho, cuando yo cumpla 28 años usted al otro día se esconde que mi mamá la empieza a llamar". "No digás eso Chango... no ves que estamos en una clínica". Tu recuperación fue eterna porque se te infectó la herida. Yo al principio intentaba estar, pero Mita decidió encargarse de todo, como hoy. 

Antes de salir de la casa todo la puerta de tu habitación. "Chango... abríme porfa". No respondés. Pregunto de nuevo: "¿Querés que me vaya?". Me preocupo. Si la rubia tiene razón, me voy entonces. Ahora resulta que yo soy la que te pone mal... claro, en este apartamento no hay nada del pasado, no está tu mamá, ni Nati, nada, de todo eso sólo quedo yo. Le digo a la puerta: "Javier... Chango... feliz cumpleaños... llamame la próxima semana para saber cómo te quedó el cuento de la momia". No sale ni una sola palabra del otro lado. 

Todos preguntan porqué me voy tan temprano. "El trabajo mio que es así, lo ponen a uno a trabajar un sábado de un momento a otro", repito aquí y allí. Todos asienten. Daniel se despide abrazándome fuerte. Finalmente, me acerco a Mita y le deseo suerte. Le pido que me llame para saber de vos. "Igual... pues, si algo, le decís que me llame él". Mita asiente con desagrado y empieza a cerrar la puerta. "¡Esperate!" (la piedra no falla). "Se me olvidó algo..." 

El libro envuelto en papel de regalo todavía brilla sobre la mesa entre los otros obsequios. Lo tomo entre las manos y doy al aire una explicación no pedida: "Mejor luego le doy otro libro... seguro este ya no le gustaría". Me voy con el paquete en la mano. Camino. Recorro los mismos lugares que antes caminábamos juntos, el barrio en el que hemos vivido desde chiquitos. Pienso que me pasé toda la vida ignorando tus presagios y tal vez hoy sea la última vez que te vi... y vos... no alcanzaste a leer mi dedicatoria.  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Necesito saber que ha pasado después de eso.

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