miércoles, 23 de diciembre de 2015

Todo se está desmoronando

El primer temblor fue fuerte pero no nos alarmó. Luego vino el otro y el otro. Cada uno más intenso que los anteriores. Temblaron todos los continentes. Las noticias llegaban de un país, a las horas de otro. Diego y yo, de los primeros, nos enteramos por facebook. Pero la desconexión ahora es total. Queda la radio y se ocupan solamente de lo que ocurre aquí, ya no hay tiempo para Nepal, ni para Seúl ni para Brasil. Con lo que pasa en Colombia, con la cantidad de gente muerta y de edificios caídos, ya las noticias no alcanzan para cubrirlos a todos con su mantico de condolencia. ¿Cómo no se han muerto ellos? Me pregunto siempre que los escucho hablar a través del radio que era de mi papá.


Yo decidí ir a Armenia. Diego todavía está enojado. Igual siempre fuimos tan independientes pero ahora es distinto, él me insistió para que no me fuera, quería que estuviéramos juntos todo el tiempo posible antes del próximo temblor, antes de todo lo que va a pasar, que está claro que va a pasar. Antes de que no seamos más que cráneos bajo escombros. Pero no me podía quedar sin venir a Armenia.


Lo de mis papás fue rápido porque estaban en el edificio de once pisos de la abuela. Yo ni tiempo tuve de estar triste. Como había que pensar en buscar un sótano, tan escasos aquí, o en irse a otro lugar, no se pudo estar triste. Hay una especie de resignación muy profunda y casi cómplice que ahora se ve en las calles. También se ven casas hechas trizas, gente serena que ya se entregó a la idea de la muerte, carros abandonados y gente haciendo cosas (cogiendo por ahí en un parque, corriendo sin ropa o llorando), personas que aprovechan para hacer lo que les quedó haciendo falta, como yo, que voy a Armenia.


Hay otros que siguen haciendo su oficio. Esos me dan más curiosidad que los otros porque están aferrados a la rutina de toda la vida y no saben hacer otra cosa, entonces van a trabajar como si no se estuviera acabando este mundo. Qué asqueroso es el fin de nuestro mundo. No hay suficiente gente para limpiar las calles de los cuerpos podridos y parece que los gallinazos no sufren con las caídas de los edificios. Sólo nosotros.


Lo primero que Diego me preguntó fue por qué me iba a Armenia y yo traté de explicarle pero no fui capaz. Ni en estas circunstancias soy capaz. Me inventé que por una cosa de la niñez que quería recuperar, muy importante para mi. ¿Qué cosa? Un libro. ¿Qué libro? Uno que leí cuando era chiquita y era de mi abuela, un librito de poemas que ella tenía. Mentirosa. Diego me conoce. Dejame ir que necesito ir. ¿Por qué? Porque si. Suspiró y me dijo que si me daba la gana de morirme aplastada por una montaña era mi problema. Yo creo que quizo decir tu puto problema, pero se comió la palabra en el último instante porque no quería empezar a discutir.


Por un momento tuve la estúpida idea de irme a pie. No sé si por la cantidad de tonterías que uno empieza a pensar cuando ya vio que un banco, una iglesia, una fábrica se puede caer. Todo pierde sentido (como cuando uno repite muchas veces una palabra y ya después ni sabe qué es lo que quiere decir). Empieza uno a pensar, para qué un semáforo y para qué un supermercado.


Los supermercados por ejemplo están cerrados, la mayoría, por la cantidad de saqueos que hubo después del sexto temblor. Nosotros también saqueamos, pero en realidad fuimos afortunados porque Diego ha sido muy precavido y desde el segundo temblor fuerte, mercamos muchos enlatados. Él que se burla tanto de mis cantaletas sobre la intuición resultó teniendo mejor olfato que todos y gracias a esas provisiones sólo fuimos a saquear una vez. Y ya ni sé para qué porque no había casi nada. Nos tocó una lata de fríjoles antioqueños con tocino, una ensalada rusa enlatada y un tarrito de lecherita. De resto, sólo encontramos basura. Basura de plátanos y lechuga pisoteada en el suelo.


Al fin me vine en un bus, carísimo porque el transporte está aprovechando que la gente se quiere ir a otra parte a encontrar a sus familiares, aprovechando cualquier moneda antes de que se termine de caer esto. A mi me divierte que haya gente recogiendo plata todavía. ¿Para qué? Tendrán la esperanza de que alguien sobreviva y que la tierra deje de sacudirse y puedan volver a usar la plata para algo. Yo estoy segura de que no va a ser así, pero tampoco me voy a poner a predicarle a la gente en qué creer. Ya no.


Me dio temor dejar a Diego, porque el pronóstico del próximo temblor es para pasado mañana pero de todas maneras me vine. Antes de salir de la casa le prometí que iba a regresar lo más pronto que pudiera pero a él no le hizo gracia. ¿Qué necesidad tenés de ir allá? Tengo que ir, necesito ir. ¿En serio no me vas a contar a qué? No.


Para llegar a Armenia usualmente uno se gasta siete horas pero el viaje va a durar dos días porque las carreteras están obstruidas, hay derrumbes, ya muy poca gente está yendo a trabajar y los que todavía quedan se empeñan en seguir haciendo las cosas como antes entonces terminan entorpeciendo las pocas instituciones que todavía funcionan. La consecuencia es que todo se está desmoronando.


Ya casi vamos a llegar. Vamos siete personas en el bus y el chofer que desde que salimos de Medellín ha puesto vallenatos. “Te comeré a besitos nada más, desgastaría mis labios en tu piel”, suena en una memoria usb. El señor la ha repetido varias veces, se ve que le gusta y ya ni pena le da. Cuando llegamos a Armenia se agolpan otra vez los malos olores de la ciudad en la nariz. Qué asco: la sangre coagulada, el polvo, la basura, la enfermedad que huele también.


Empiezo a caminar para llegar a la casa donde crecí. Se me encalambran los brazos del susto, me suben las cosquillas desde el estómago hasta la cara y bajan en picada fría por los brazos y el torso. No he terminado de voltear por el parque y me sudan las palmas de las manos. Ahí se sentaba Eduardo. Me regalaba helado y me decía qué lindas piernas vas a tener cuando seas grande. Hasta cuando estaba mi papá a veces lo decía. Qué linda carita, qué lindo pelo, qué linda cinturita. Yo creo que lo de la cintura sólo lo dijo cuando mi papá ya estaba muy borracho y no podía escuchar. Ahora que lo pienso mi papá sólo se emborrachaba cuando venía Eduardo, su hermano favorito, el que había velado por él y por todos los hermanos cuando el abuelo se había ido de la casa. Eduardo, el tío más querido que le había ayudado a todo el mundo a salir adelante, el centro de las conversaciones de diciembre, por el que brindaban los hermanos cuando se juntaban, el mejor de todos, el representante de la familia.


Encuentro la casa en la mitad de la cuadra. Los vidrios del ventanal, al lado de la puerta, están quebrados. Se ve que alguien se metió a saquear. Entro por el mismo hueco que el ladrón. Escucho un zumbido agudo en la cabeza y me dan ganas de orinar. Se me acelera el corazón.  Mi papá no habría entendido. Habría dejado de hablar con él. Le habría contado a las tías y los primos. El chisme se habría regado, nadie habría vuelto a mirar a Eduardo. En las dificultades económicas no habríamos tenido ayuda, mi papá se habría enfermado más de los huesos, si pudo dejar de trabajar fue por Eduardo.    


Veo el que fue mi cuarto de niña. La cama sigue ahí. Miro la cama, la puerta, y noto que tengo la cara juagada en sudor y en lágrimas. No sé cuándo empecé a llorar. Ahora las lágrimas no se detienen. Él abrió la puerta. No, no la abrió. Sí, abrió la puerta y se acostó en mi cama. Si mi papá lo hubiera visto… la familia se habría partido en dos, en tres, en pedazos. No podía. La cama está tendida. A los ladrones no les interesan las cobijas y las colchas. O tal vez deben estar por volver a saquear el resto de la casa. Si mi papá hubiera entrado en ese momento. Si hubiera visto a Eduardo enrollándose en esa camita diminuta, enrollándose alrededor de mis piernas. ¿Dónde estaba mi papá? ¿Dónde estaba mi mamá? ¿Dónde están ahora? No están. Ya no están y por eso pude llegar hasta esta casa sin dar explicaciones. Las explicaciones que me pedían cada mes, cada año: ¿Por qué nunca volviste?, No he podido. Nunca pude.   


Lloro al lado de mi cama de pequeña. Miro el bombillo que está en el techo. Me doy cuenta de que ya no importa haber venido hasta Armenia. Nadie lo va a saber. Actúo de manera mecánica, el calor del llanto es más fuerte que mi capacidad de razonar. Grito con mucha fuerza mientras destiendo mi cama de niña. Me siento en ella. Me acuesto. Tengo la cara hirviendo. Grito otra vez. No de dolor ni de furia. Grito como si alguien me fuera a oir, en el cuarto de mis papás, al otro lado del corredor, pero no grito sus nombres. Sólo grito y grito y grito muy fuerte. Las lágrimas no salen de los ojos, salen de toda la cara, el grito lo arrojan también la nariz y los pómulos.

La tierra se sacude. El grito se detiene. Noto el pequeño temblor que empieza a desacomodar las cosas, ya esto no asusta a nadie. Me acurruco en la camita. Pienso en Diego. Sé que tengo que regresar. Pero todavía no tengo el más mínimo asomo de fuerza, sólo el eco del grito entre las sienes. La cara se me enfría despacio y el zumbido se empieza a ir. Miro cómo tiembla la sábana de mi camita, despacio, no con violencia, casi como si fuera el viento el que la moviera. Cierro los ojos y siento el arrullo del temblor ahora que todo se está desmoronando.  

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